lunes, 15 de julio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (IX): El camino al Nuevo Orden

LA VENGANZA DE LAS FLORES

¡Cada lunes un capítulo! 


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9. ~ EL CAMINO AL NUEVO ORDEN ~




No me habían dicho ninguna mentira. Con pocas demostraciones de mis extraños anfitriones ya me quedó claro que la magia existía. Los vi moviendo piedras con la mente, que hacían flotar por el aire. Vi como lanzaban rayos de energía, hechos de algo brillante que parecía un cruce entre agua luminosa y fuego. Y otras cosas que me sorprendieron más, como la facultad de los duendes para moverse más ágiles que el viento o el poder que tenían los fuwas para hacer que las plantas se movieran como culebras. En el bosque, me di cuenta, uno era presa fácil para aquellos locos como decidieran atacarte: cualquier rama mal dirigida podía hundirte la cabeza, cualquier tronco te obstruía el paso, toda liana podía ahorcarte...



La cuestión era que aquella gente hacía magia de verdad. Era formidable. Pero más tarde me di cuenta de que debí haber confiado en ellos de buen principio. Porque la Asamblea nunca se equivoca.



Estaba deseando empezar. Aprender a hacer magia fue la mejor experiencia de mi vida. Los duendes me dijeron que tenía potencial, y que tenía que empezar por aprender a sentirla. Tuve que verla en acción en muchas ocasiones antes de disociarla del resto de la naturaleza, para empezar a desarrollar aquella extraña sensibilidad. Sentir la magia, me dijeron, era el primer paso para aprender a usarla. Con ese fin utilizaron pequeñas descargas de magia que me aplicaban en el brazo a través de sus manos. Lo que sentía cuando me alcanzaban aquellas ondas era una sensación molesta y dolorosa a medio camino entre el frío y el calor, como un arañazo muy lento de uñas afiladas que se toman su tiempo para traspasar la carne.



Luego debía hacer que la sensación fuese en sentido contrario, como tratando de sacarla de dentro hacia afuera. Eso fue lo que permitió el milagro después de una semana de práctica. La primera vez que me vi soltar chispas por las puntas de los dedos, como las que había visto en los tornos a pedal de los afiladores de Sagrarin, me pareció prodigioso y me animó a continuar y a dar progresos.



Poco a poco fui aprendiendo que la magia tenía formas tan variadas como maneras de ser tenían las personas que las practicaban. Y que se podía usar para lo que uno quisiera, siempre y cuando se encontrara la manera de inventarla y controlarla. Por ejemplo, aprendí que permitía fabricar objetos a partir de otros, modificarlos, curar heridas, atacar, volar o incidir sobre las causas de la naturaleza. Sin embargo, y dado que la Asamblea entera se preparaba para revertir el orden de toda Momeria, la mayoría de esas habilidades estaban encaminadas al ataque y la defensa.



Los duendes, seres ligeros de movimientos rápidos y unos sentidos muy desarrollados, parecían tener una habilidad especial para inventar formas de magia que les permitían encontrar cosas en el bosque. Asimismo eran maestros en el arte de camuflarse con el entorno, encantar a la gente para dormirla o ralentizar sus movimientos y desplazarse a grandes distancias sin que nadie los viese. Ese parecía ser el motivo por el que aparecieran de una forma tan pasmosa ante mí durante mi primera reunión de la Asamblea. Algunos habían incluso aprendido a aparecer y desaparecer, a teletransportarse, a volver ligeros objetos pesadísimos o a volverse invisibles.



Por su parte los fuwas, que ya poseían la habilidad de hablar con las plantas y hacer andar sobre unas raíces monstruosas a árboles sorprendentes, habían refinado y potenciado su crueldad a través de formas de magia tan terribles como repugnantes: la mayoría simplemente se habían dedicado a reforzar la potencia de sus rayos de magia, pero otros habían inventado técnicas de ataque terribles. Yo mismo les vi matar a animales del bosque haciendo crecer en sus cuerpos plantas parásitas, que con tallos que asomaban a a través de su piel los mataban en segundos, como si no hubieran querido esperar a que murieran solos para crecer sobre ellos. Otros habían aprendido la habilidad de provocar enfermedades con síntomas como sarpullidos, tan intensos que los animales morían desangrados al no poder dejar de rascarse, o dolores tan insoportables que las víctimas morían de su misma desesperación.



Semanas más tarde aprendí a ejecutar varias de las técnicas que ambas tribus tenían en común, como lanzar rayos de energía, detectar presencias o mover objetos sin tocarlos con las manos. Luego empecé a descubrir por mi cuenta nuevas formas de hacer magia. Aprendí una manera de hacer crecer mis uñas y volverlas duras como el hierro, por ejemplo, o afilar las piedras para que cortasen como cuchillos. Ya no debía preocuparme más por encontrar un arma. Fuera a donde fuera, tendría todas las que quisiera y, de todas formas, mi cuerpo ya era una.



En pocas semanas aprendí también a acelerar el proceso de regeneración de las heridas. Incluso hallé la manera de que los colmillos que perdí en Occitia volvieran a crecerme. Unas cuantas de las cicatrices de mi cuerpo, que ya no pensaba que fuesen a desaparecer jamás, se fueron desvaneciendo un poco cada día, al pasarles la mano por encima hasta que se fueron por completo.



Pero, como me habían ido recordando en las sucesivas reuniones de la Asamblea, les había llegado la hora de irse cobrando todo aquello que me habían dado. Porque la Asamblea sabe defender muy bien sus intereses.


Al principio no quisieron contarme gran cosa acerca de en qué consistía su Plan para el Nuevo Orden. Había mucho secretismo en cuanto a eso, y yo no acababa de contar con toda la confianza en la mitad de la Asamblea de los fuwas. Sin embargo no había que ser muy listo para entender que aquella gente tenía un plan para conquistar el mundo. Yo no las tenía todas conmigo. Para empezar, éramos muy pocos para enfrentarnos al ejército de cualquier país, por mucha magia que tuviésemos. Y ni siquiera yo, que soy de Occitia, estaba tranquilo en compañía de gente tan peligrosa. Con todo, locos o no, estar con ellos me salía a cuenta. Para empezar me estaban enseñando a usar la magia y a desarrollarla. Por no hablar del hecho de que no quería regresar a Occitia. Y si había alguna conspiración para desestabilizar el mundo, fuera cual fuera mi posición al respecto, sin duda me interesaba saber de aquello todo lo posible.

Y entonces fue cuando empezaron nuestras Misiones por el Nuevo Orden.

El modo de operar siempre era el mismo. Gracias a la información que los espías fuwa de cada municipio de Sagrania nos habían facilitado a través de los árboles, establecíamos el itinerario a seguir. Entrábamos al municipio elegido y los fuwas y los duendes, con el mayor de los sigilos que les permitía la magia, robaban todo lo que les interesaba. Puertos, talleres, hospitales, herrerías, casernas militares, comisarías... cualquier cosa les servía para aprender cuanto pudieran de sus enemigos. Armas, utensilios, documentos, manuales, planos, muestras, medicamentos, productos, información de todo tipo...

Yo formaba parte del comando de las librerías. Pasábamos por ellas, nos llevábamos los volúmenes que yo encontraba interesantes para la causa y volvíamos al bosque. Física, geografía, biología, matemáticas, historia, bricolaje, historias de campañas militares y cualquier cosa que nos fuese bien para empezar una guerra. Con los libros, en las selvas, enseñaba a duendes y fuwas  a leer, y ellos a su vez se enseñaban a leer entre sí.

Es muy difícil definir la expresión en el rostro que los fuwas mostraban al leer los libros que sostenían entre sus zarpas. Para ellos, pasar las páginas debía de ser como mover filetes de cadáveres. Pero en el fondo sabían que, si querían que su conspiración tuviera éxito, necesitaban toda la información que pudieran obtener acerca de Sagrania y sus muchos adelantos. Y además de crueldad e ira albergaban mucho miedo, así que no soportaban la idea de que duendes y yo aprendiéramos más cosas que ellos. Los libros me obligaron a guardarlos junto a mi cabaña para no tenerlos cerca. La cabaña me la había construido con piedras y ramas, a pocos minutos de donde celebrábamos las asambleas, y con el tiempo empecé a adobarla con barro y hasta con magia, y siguiendo el ejemplo de las casas de Sagrarin conseguí que aquella choza pareciera una masía campestre. Pero los fuwas, ignorando el hecho de que también ellos usaban los libros. Me llamaban el enterrador o el asesino y me culpaban del creciente cementerio de libros que había en el bosque.

Leer aquellos libros incrementó nuestra capacidad de hacer de todo, y dimos pasos de gigante en muchos ámbitos. No sólo aprendimos sobre las ciudades, la ciencia, la sociedad, el arte militar y la tecnología de Sagrania, sino que también descubrimos que el conocimiento aumentaba nuestra magia. Cuanto más sabíamos, más ideas y procedimientos desarrollábamos para crear tipos de magia novedosos, tan diversos y originales como la propia imaginación lo permitía. Imaginación que como una enredadera crecía sin control, regada por el conocimiento nuevo que la hacía renovarse eternamente. Para mi alegría, yo era mejor mago cada vez, y desarrollaba nuevas magias más y más interesantes. Pero al mismo tiempo, para mi desesperación, veía cómo también aquellos fuwas desarrollaban formas de magia cada vez más poderosas, refinadas, sofisticadas y retorcidas, todas encaminadas a causar dolor y sufrimiento de la forma más cruel y repugnante posible. Tanto, que muchas veces pensé que en realidad eran peores que aquella injusticia que hablábamos de derrocar.

No leíamos los libros enteros, ni mucho menos. Egueror, un duende con una gran habilidad para encontrar cosas útiles en el bosque, y que había sido una pieza clave en el robo de objetos útiles en las ciudades de Sagrania, había desarrollado hacía tiempo un tipo de magia muy especial. No sólo sabía encontrar objetos, sino también ideas. Incluso antes de aprender a leer, había usado sus poderes para señalarme los párrafos de los libros que contenían los conocimientos más útiles para todo aquello que necesitábamos. Sin tener que hojear ni leer el libro de cabo a rabo. A veces incluso sin que nosotros mismos supiéramos de la tremenda utilidad de aquellos párrafos que leíamos hasta mucho más tarde. Y aquí empezó a surgir la idea que originó el gran cambio. Yo leía aquellos fragmentos en voz alta a la Asamblea, y así fue como todos fuimos aprendiendo lo más necesario para la causa. Pero entre mí ya iba pensando en que aquella magia tan particular del duende Egueror podría proporcionarme algo mucho más potente que cualquier otra clase de arma...

Pero no sólo de libros se alimentaban nuestros planes. Y no fue mucho tiempo después que nuestras incursiones nos llevaron a emprender acciones más arriesgadas. No en vano, aquellos vegetales traicioneros llevaban años captando conversaciones útiles en toda Sagrania, tanto a través de los árboles como de los fuwas que habían actuado como sirvientes. Habiendo trabajado en casas de gente rica y poderosa, lo que habían podido llegar a oír, sin olvidar a los espías de los duendes y los soplos de los árboles, nos había permitido dar el paso siguiente. Al cabo de poco tiempo, ya contábamos con la información necesaria para asaltar castillos y palacios estratégicos.

Los secuestros de personas importantes no se producían nunca dos veces seguidas en dos sitios que no estuvieran mínimamente alejados unos de otros. De los duques, condes y marqueses que secuestrábamos sacábamos una información que era aún más valiosa que la de los libros. Sobre todo en lo que a magia se refiere. Las dos mitades de la todopoderosa Asamblea Forestal llevaban tiempo preparados para ello, pero mi llegada, al proporcionarles la pieza que les faltaba, había precipitado los acontecimientos. Gracias a mí tenían acceso a la cultura sagrarin que había en los libros. Y además, como mi fisonomía no era muy distinta a la de los sagrárines, habían decidido dar el paso de los raptos sin temor de alerta a los sagrárines.

Porque una vez cruzada la línea de los saqueos, el peligro de que los sagrárines detectasen la presencia de la fuerza en la sombra que éramos nosotros ya era un precio asumido, así que había que moverse deprisa, antes de que sus fuerzas de seguridad estableciesen puntos en común entre robos, rastros de magia no sagrarin y desapariciones de personas importantes. Ahora que los cuerpos de seguridad de Sagrania estaban sobre la alerta de aquella amenaza fantasma, el plan por el Nuevo Orden había entrado en un punto de no retorno.

Se me adjudicó el papel de actuar como señuelo, pues de entre todos los integrantes de la Asamblea Forestal yo era de lejos el único parecido a una persona de raza sagrarin. Me crearon una identidad falsa, gracias a la cual pude mostrarme como uno más entre los nobles de Sagrania. Cambiaron mi apariencia con magia, blanqueando el tono de mi piel. Ahora parecía un sagrarin más. Gracias a la habilidad que ya tenía antes de la magia, me procuré lo necesario para comprarme ropa cara en las tiendas de ropa más exclusivas de los barrios pudientes de Sagrarin. Poco después contaba con el vestuario adecuado que me permitía pasar por un noble.

De esa manera conseguí entrar, siguiendo órdenes de la Asamblea, en las recepciones de la alta nobleza, y aprender las costumbres de la clase dirigente. Pude comprobar que la leyenda popular era cierta: los nobles saben hacer magia, y ocultan el conocimiento de esa habilidad a la gente corriente. Más aún, los que oyen esas historias lo toman como una broma, o en el mejor de los casos como algo que puede ser cierto o no. Cosa que también interesa a la gente poderosa, pues así es difícil que nadie se atreva a llevarles la contraria.

La magia sagrarin que ostentaba la nobleza de Sagrania era una magia poderosísima, de la que pocos fuwas y duendes habían siquiera oído hablar. Tradiciones milenarias de magia muy perfeccionada, transmitida de generación en generación con nuevos aportes que la enriquecían con el paso de los años. Sin adquirir esa potencia, difícilmente la Asamblea podría hacerse con el control del mundo.

Pero la esencia de una magia, como los mismos duendes me habían enseñado, podía captarse y aprenderse por simple contacto. Luego uno no necesitaba más que tiempo y entrenamiento para desarrollar magias de aquella naturaleza, o de una naturaleza nueva, pero tan parecida a la anterior como fuese posible.

Al principio me había supuesto un reto mayúsculo, todo hay que decirlo, introducirme en aquellos círculos palaciegos. Ni siquiera el cambio de vivir en sagrarin, o en el bosque de Medonia, me había causado un impacto emocional tan fuerte al compararlo con mi vida en la asquerosa Occitia. Aquellas mansiones y castillos monumentales estaban llenos de un lujo y una pompa impresionantes. Conocía a la gente que gobernaba el mundo, y el esplendor y la riqueza que vi por allí me sobrecogieron hasta bien entrado en la costumbre de la infiltración. El temor inicial a ser descubierto, por otro lado, fue algo que no me dejó tranquilo en todo aquel período. Pero la Asamblea me ayudaba a resolver cualquier problema. Gracias a los duendes, que eran maestros en el arte del disfraz, pude esconder mi esencia verdadera y así mostrar a los nobles de Sagrania un aura parecida a la de ellos. Era fácil al haber vivido rodeado de sagranios tanto tiempo, y cada vez me volvía más hábil en aquello. Y de ese modo conseguí ganarme su confianza, y tuve acceso a centros de poder más importantes.

Pero codearme con la nobleza supuso todo un cúmulo de emociones totalmente nuevo para mí. La necesidad de aprender a comportarme y a hablar de una forma tan refinada hizo que el duende Egueror y yo tuviéramos que pasar mucho tiempo con libros de etiqueta, urbanidad, sociología, psicología y protocolo, sin que todo quedara restringido a eso únicamente. El asombro que me produjeron la pompa y el derroche de los que fui testigo, la rabia que me daba comparar aquella forma de vida de derroche y excesos con la miserable existencia que había llevado en Occitia, la ligereza en la toma de decisiones que concernían a las vidas de tanta gente, las risas que yo escuchaba en los círculos de aquellas conversaciones... No era fácil actuar como si nada con algunos comentarios que escuché, que a muchos integrantes de las clases populares hubieran vuelto locos de rabia. Todo aquello me ponía enfermo al principio, y de hecho puso a prueba mi control en más de una ocasión. Ni siquiera al irme acostumbrando poco a poco dio la situación un vuelco radical hasta que un día, al imaginarme como uno de ellos en el Nuevo Orden impulsado por la Asamblea, me vi como la nueva nobleza del futuro. ¡Je! Ahí sí que empecé a reírme de verdad. Y ya verían quién reiría el último esos reyezuelos.

De modo que, poco a poco, empecé a sentirme por encima de todo aquello. Nobles, pobres, gobernantes, gobernados... ¿qué más daba todo eso? Yo era más importante. Ni siquiera los dioses empezaban a contar. ¿Cuándo habían venido Aspín, Anjín y Azivi a cambiar nada, realmente? ¿Qué me importaba que existieran o no, si no se dignaban a dar muestras de vida? ¡Era yo el que iba a darles una buena lección a todos, si los planes de la Asamblea tenían éxito! Pero debí haber estado más seguro de que la Asamblea triunfaría, porque la Asamblea es infalible y nunca se equivoca

Me emocionaba saber que estaba a punto de cambiar el mundo. Puede que incluso llegase a dominarlo. Ya quedaban muy atrás los tiempos en los que mi mayor aspiración en la vida era vivir tranquilo, y mi mayor preocupación comer todos los días y pelear como un animal. Ahora estaba llamado a cosas grandes de verdad.

Con ayuda de la información que les traía sobre las costumbres de los nobles, la Asamblea pudo trazar los planes de secuestro y emboscada de las personalidades que queríamos. En las fiestas que celebraban, en las que invitaban a muchos peces gordos, yo averiguaba de cuánto poder, mágico y no mágico, disponía nuestro siguiente objetivo. También otras cuestiones, como por ejemplo cuándo iban a dejar al resto de nobles para volver a sus dominios a encontrarse solos, cuáles eran sus costumbres, itinerarios, puntos débiles... Los árboles de todos los bosques del país también nos facilitaban información acerca de por dónde y a qué horas salían a cazar, o información sobre la guardia personal que los escoltaba.

No escatimábamos esfuerzos ni eficacia cuando había que entrar en acción. Duendes, fuwas y yo, todos a una con un objetivo en mente. Tras cada emboscada, y una vez fuera de combate la diana, sus defensas y su guardia personal, los llevábamos al bosque de Medonia usando las habilidades de los duendes, que incluían el volverlos más ligeros para facilitar su transporte.

Y entonces empezaba el interrogatorio. Bajo el control y vigilancia de todos los magos, ya fuesen fuwas o duendes, y de mí mismo, les obligábamos a hacernos demostraciones de su magia para luego aprender nosotros a desarrollarla. Ministros, altos cargos, barones, sumos sacerdotes de los dioses sagranios, jueces, alcaldes, terratenientes... mucha gente importante pasó por nuestras manos. No todos sabían hacer magia, pero muchos sí guardaban algún rastro mágico en su presencia, de alguien importante con quien habían estado en contacto. Y todos tenían mucha información y medios que proporcionarnos. Si no accedían a hacernos demostraciones de magia, robábamos su esencia por la fuerza. Cualquier parte del cuerpo de una persona, incluso el aire que respira, proporciona mucha información sobre su aura para aquel que sabe verla. Podríamos habernos conformado con cosas más inocentes, como el pelo o la saliva o la piel muerta... pero es una lástima que aquello que más magia y aura contuviera fuese la sangre.

Los fuwas eran especialmente crueles y sádicos en sus pesquisas, además de horriblemente vengativos. Culpaban a nuestras víctimas del exilio a los bosques que sus antepasados habían sufrido. Y aplicaban sus castigos coreando todo aquello que les echaban en cara, como si fuesen oraciones en rituales religiosos que llevasen décadas ensayando para la ocasión. Y los castigos eran tan horribles como creativos para aquellos nobles que, por muchos males que hubiesen hecho al mundo, en mi opinión no merecían ni la centésima parte de aquello. Vi hacer cosas a los fuwas tan terribles que me hicieron plantearme mi lealtad a la Asamblea: muertes por lapidación, inanición o privación de sueño eran las menos vomitivas y frecuentes. En cambio, disfrutaban sobre todo de una práctica que ellos llamaban vivisección selectiva. Era una práctica tan escalofriante que ni siquiera yo, que en Occitia había visto de todo, podía presenciar, y hasta me tapaba los oídos, oculto en el último rincón del bosque, para no oír gritos de horror que se sentían a kilómetros. Muchas noches las pasaba sin dormir. Algo me decía que corría peligro con aquella gente, y que tal vez me hubiese equivocado aliándome con ellos.

Una vez les extraíamos su esencia a los nobles y aprendíamos a imitarlas, los duendes y los fuwas combinaban los distintos tipos de magia con la suya. Después formaban sesiones de entrenamiento, en la que averiguaban nuevas cosas que hacer con los nuevos tipos de poder mágico que iban aprendiendo de las nuevas combinaciones. Como existía un sentimiento de desconfianza mutuo entre los duendes y los fuwas, aprendían muy poco unos de otros. Solían practicar con los miembros del propio grupo, así que incorporaron las esencias de magia sagrarin a sus respectivas habilidades.

Yo, en cambio, practiqué con ambos grupos, aprendiendo de unos y de otros. No me quedaba otro remedio, tampoco, pues yo era el único que no encajaba en ninguno de los dos. Aún me llamaban el  occitio, el granate o el forastero, eso cuando los fuwas no utilizaban sus otros apelativos menos cariñosos. No puedo expresar con palabras cómo me miraban fuwas y duendes cuando venía de practicar con los miembros de la otra mitad de la Asamblea, porque su desconfianza sólo iba pareja a su curiosidad malsana.

Junté en mi acerbo de conocimientos todo lo que pude en cuanto a poder mágico. Magia fuwa, duende, sagrarin... no me quería dejar nada. Y además parecía que aquella conjunción de esencias se reforzaba con mi base personal occitia. Esta parecía estar funcionando como un provechoso caldo de cultivo para la magia que se gestaba en mi interior, porque en poco tiempo progresé muchísimo. También es verdad que practicaba muchas horas al día, apasionado como estaba en lo que hacía. Cuanto mejor me volvía con la magia, más cosas podía hacer, y más quería aprender. Poco a poco, tanto fuwas como duendes se fueron haciendo más y más poderosos. Todos fuimos progresando mucho. Hasta que la Asamblea se convirtió en una de las fuerzas más poderosas de toda Momeria, aunque en ese momento poca gente lo supiera. Sin duda alguna, y aunque seguía invisible a los ojos de nuestros enemigos, la larga lista de misteriosos saqueos y desapariciones, que iban aumentando en su importancia, ya causaba terror en toda Sagrania.

Sin embargo, para gran asombro por mi parte, yo empezaba a recortar distancias con mis compañeros en el nivel de nuestra habilidad. Y la diferencia que inicialmente había entre mi poder y el de los fuwas y los duendes se estrechaba cada día más. Pronto los alcanzaría y, si la cosa seguía así, acabaría siendo el mago más poderoso del bosque, y uno de los más fuertes del mundo. Al cabo de pocos meses aprendí a mover pequeñas elevaciones de terreno, ríos y rocas enormes con un gesto de mis brazos, o a soltar rayos de fuego comparables a relámpagos, que debía controlar para no provocar incendios en el bosque. A medida que incorporaba nuevas habilidades y las entrenaba por mi cuenta, inspirándome en las que había visto hacer a los nobles sagrárines, me sentía cada vez más fuerte y poderoso, más capaz de todo que nunca.

Eso no hizo que mis miedos desaparecieran. Fue casi al revés. La forma en que me miraban algunos fuwas, cuando veían lo que sabía hacer, hizo que mis pesadillas y noches sin dormir empeorasen. No sé qué creían que pensaba hacer, si es que cree el ladrón que son todos de su condición. Tampoco sabía quién tenía más miedo de quién. En mi imaginación yo los veía cada dos por tres entrando en mi cabaña para acuchillarme con las armas que habían robado a los sagrárines. Aunque pensé que, mientras me necesitaran, eso no ocurriría. Y sin embargo me decía, cada vez más, que me estaba jugando la vida allí. Un día de estos, me decía día sí día también, había que ir pensando en hacer las maletas... Pero lo más terrorífico de todo era que, pensándolo mejor, tal vez no fuese tan buena idea. Sabiendo lo que sabía sobre la Asamblea, y teniendo en cuenta la habilidad de los fuwas de hablar con los árboles, era más peligroso huir de ellos que quedarme en Medonia. Los árboles hablaban entre sí, como una peligrosa red omnipresente de espionaje que todo lo veía, y estaban repartidos por el mundo como un millón de ojos de los que era imposible escapar.

Pero todos aquellos pensamientos se disipaban al día siguiente. Era genial pertenecer a la poderosa fuerza de la gran Asamblea. Y aprender magia, ir mejorando cada vez, era sencillamente sublime. Además me sabía determinante en el devenir del mundo. Era una potente fuerza en la sombra, una magia dispuesta a hacer tambalearse todo cuanto conocíamos. Empezábamos a mover los hilos del mundo. Era nuestro poder, nuestra forma de hacer, lo que contaba ahora. En cuanto dispusiésemos de magia suficiente, impondríamos nuestro gobierno a toda Momeria. Y el inicio de todo era el país de Sagrania. Íbamos a hacer tabula rasa con lo que había, y a poner nuestras cartas encima de la mesa, para luego repartirlas a nuestra conveniencia, todo a nuestra manera. Aquella gente estaba a punto de gobernar el mundo. Y yo, si lo hacía bien, ocuparía un puesto importante en aquella nueva organización, y tal vez acabase incluso dominándolos a ellos.

Hasta que, de repente, todo se torció, y adquirió un giro en los acontecimientos que me hizo maldecir mi suerte y a los dioses.

El revés de la nueva misión que me encomendó la Asamblea me obligó a dejar de autoengañarme. Me puso frente al espejo, y me hizo volver a ver que no sólo corría peligro, sino que además estaba muy equivocado con respecto a mi futuro. No sólo podía tener problemas si me atrevía a desobedecer lo que me habían ordenado, sino que además estaba entre la espada y la pared. Había estado jugando con fuego durante tanto tiempo que ni se me ocurrió que igual podría quemarme. No había medido la gravedad de la situación tan delicada en la que estaba. Y no me había dado cuenta hasta aquel momento, porque hasta entonces no me habían ordenado algo que yo no quisiera cumplir.

Pero se les había pasado por la cabeza un disparate tal que no podía creerlo... ¿Se habían dado todos juntos un buen golpe aquella mañana, o qué? Era sencillamente demencial. ¿A qué cerebro desquiciado se le había ocurrido la genial idea de que yo podría reclutar a los occitios para nuestra causa?






lunes, 8 de julio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (VIII): La Asamblea Forestal



LA VENGANZA DE LAS FLORES - LA ASAMBLEA FORESTAL


¡Cada lunes continúa la aventura! 


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8. ~ LA ASAMBLEA FORESTAL ~


¿Nuevo Orden? ¿Qué demonios era eso?

Hokum, el jefe de los fuwas, miró al portavoz de los duendes, el llamado Numenar, y luego me miró a mí. Estaba algo inquieto, como si lo que hubiesen dicho los duendes me tuviera que importar. A mí, que como es lógico sólo pensaba en si iba a salir vivo de aquello. Luego se volvió a mirar al duende con la anterior expresión de enfado.

— ¡Duende estúp...! —casi insultó—. ¿A qué viene hablar de...? ¡Ahora sí nos has cargado de razones para liquidarlo!
— No veo razón para que tengáis que hacerlo. En nuestra mitad de la Asamblea ya se ha decidido que nos puede ser de ayuda.
— ¿Y pensáis que sólo con vuestra mitad podéis decidir, de manera unilateral, sobre uno de nuestros juicios? ¡Este desgraciado es un asesino que...!
— A nadie le interesan vuestras tonterías con los libros, Hokum. ¿Qué quieres, que iniciemos una guerra? —amenazó Numenar—. Si nos es de ayuda, no hará falta aniquilarlo. Y yo creo que estará de acuerdo en ayudarnos.

Yo contuve el aliento, por un lado con alivio y por el otro preocupado. Parecía que podía salvarme de la horca. Y sin embargo, ¿qué quería de mí esta panda de locos?

— ¿Y de qué creéis que va a servirnos este asesino de árboles y plantas? —preguntó el fuwa.
— Habría que darle algunas vueltas a la cuestión. Sea como sea, la asamblea se ha de reunir de inmediato —presionó el duende, aprovechando el silencio del jefe fuwa—. Nuestros portavoces vienen hacia aquí. ¡En nombre de nuestra mitad de la Asamblea, este juicio queda interumpido!
— Estás jugando con fuego, duende... —masculló Hokum.

Sin embargo, con un gesto de la mano, hizo que la mitad de sus congéneres se retiraran hacia atrás, hasta un poco más allá de los troncos de los árboles.

De modo que tenía unos minutos más de vida. Respiré aliviado viendo como una munión de duendes se acercaba desde arbustos, árboles, saltando de rama en rama. Otros, como por arte de magia, aparecían de debajo de las plantas, de la tierra o de las mismas piedras, o se materializaban a partir de sombras que hasta hace poco no habría dicho que los cubrían como sábanas.

Los duendes ocuparon posiciones en su mitad del claro. Muchos se subieron a los árboles que había ante nosotros. Una vez aposentados, medio claro estuvo ocupado por ellos y el otro medio por los fuwas. Yo seguí en el medio, custodiado por los matones de Hokum.

— Se abre la sesión —declaró el gran jefe fuwa—. Y se exige a los portavoces de los duendes que nos comuniquen qué razón es tan importante como para que interrumpan un juicio fuwa.

Eran cinco los duendes que se habían subido a las ramas intermedias de los árboles más cercanos al claro. Esos parecían ser los portavoces.

Pues... como ya se ha dicho... —empezó uno de los cinco duendes, que vestía una casaca roja—. Nuestros espías advirtieron la presencia del sujeto que os disponíais a ajusticiar, y dirimieron tratar al mencionado sujeto, en vista de su deslealtad con la sociedad sagrarin, de la manera acorde a lo que sus actos merecen.

No lo entendía. ¿Pero entonces me las había cargado por atacar a aquellos tipos en Sagrarin? ¿Y a esta gente qué les importaba?

Hubo murmullos entre los fuwas, hasta que al final el jefe dijo:

— ¿Desleal a los sagrárines? —se extrañó Hokum—. ¿Este? No me lo creo. ¡Si es uno de ellos! No hay más que verlo. ¡Si hasta lleva la misma ropa que ellos! ¿Qué es lo que ha hecho para que habléis tan bien de él?

¿«Tan bien»? Pero entonces, según él, ¿atacar a unos sagrárines me hacía respetable? Y además, ¿a mí que me importaba ser leal o desleal a nadie?

— Preguntádselo a los árboles —contestó el segundo duende, que iba vestido con una casaca azul—. Estoy seguro de que tienen algo que contaros al respecto.

¿Cómo que se lo preguntaran a los árboles? ¿Es que aquella gente hablaba con los árboles? Pero en ese momento me asustó más la mirada que Hokum lanzó al duende. Lo miraba de hito en hito, clavándole sus ojos azules como si nadie en su sano juicio se hubirera atrevido jamás a decirle a él cuándo debía consultar a los árboles. Sin embargo, estimó oportuno no contestar. A continuación llamó a dos de sus compinches y les dijo algo en su lengua fuwa. Y entonces los dos fuwas se marcharon, saliendo del claro y perdiéndose en el bosque.

— Mientras esperamos, duendes —empezó Hokum en un tono extraño que intentaba parecer amable— ¿por qué no nos contáis vuestro plan? Así puede que el detenido escuche más de aquello que no debe, y tengamos más razones para demostrar que hay que pasarlo por el látigo... o por el mortero. O tal vez por...
— Antes de proceder a tan civilizadas prácticas, Hokum —le interrumpió el tercer duende, que llevaba una casaca violeta— debemos hacerle unas preguntas. Primero de todo, ¿cómo te llamas, extraño viajero? —preguntó mirándome.

Me aclaré la garganta, consciente de que esta era una prueba que, si fallaba, tal vez pagaría con la vida.

— Mi nombre es Vérizo —respondí con voz ronca, sin poder evitar fruncir el ceño al decir esto.
— ¿Y de dónde eres?
— De Isolacrán.
— ¿Eso qué es?
— Pues una ciudad... —respondí al tiempo que empezaba a oírse un murmullo entre los fuwas.
— ¿Una ciudad? No me suena, ¿se puede saber dónde está?
— En Occitia. Hacia el este, no muy lejos de...
— ¿Occitia? ¿Es tu comarca?
— No, es mi país.
— ¡Silencio! —pidió el primer duende—. ¿Cómo es que nunca hemos oído hablar de él? ¿Dónde está tu país, Vérizo?
— Está al oeste de Sagrania. Tras la llanura desértica.

Pero el murmullo volvió a crecer entre los fuwas y los duendes y esta vez ni siquiera mi interlocutor pudo evitar hacer algunas preguntas a los duendes que tenía cerca.

— ¿Tras la llanura del oeste? Pero... ¿es que hay algo más allá de ese desierto?

Asentí.

— ¿Y vive gente allí?

Volví a asentir.

— Pero entonces...

Los murmullos ya se habían convertido en griteríos. Todos, duendes y fuwas, hablaron a la vez.

— ¡SILENCIO! —gritó el jefe de los fuwas; todo el mundo calló de inmediato—. ¿A dónde queréis llegar con estas preguntas, duendes?
— ¿Has estado en Sagrarin, forastero? —me preguntó el duende que se llamaba Numenar, sin hacer caso de Hokum.
— ¿Yo? Sí, ¿por qué?
— ¿Y qué piensas de los sagrárines?
— Yo... ¿a qué viene esa pregunta?
— Nuestros espías nos han contado que sintieron olor a sangre sagrarin cuando te vieron huyendo de Sagrania. ¿Qué te ocurrió allí? ¿Tuviste algún problema?
— Yo...

No sabía que me habían espiado, pero ya me preocuparía de ello más tarde. Tampoco vi razón para no contarles lo que me había pasado con los borrachos, el fuwa y la policía. Al fin y al cabo, era lo que había querido aducir en mi defensa, y ni duendes ni fuwas parecían tener a los sagrárines en alta estima. Más a mi favor para que aquellos locos me indultasen, ¿no?

Y les conté todo. Insistí en que la pelea vino por defender precisamente al fuwa que estaban maltratando. Porque, a pesar de las palabras de Hokum al respecto, no tenía pinta de saber defenderse. Él se indignó de repente, y enfadado me cortó, antes de que acabase mi relato:

— ¡Y un cuerno! ¡No me lo creo! ¿Cómo puede ser que este asesino de árboles haya ayudado a uno de los nuestros?
— Pues le ayudé porque le estaban pegando una paliza, y él...
— ¡Él estaba interpretando su papel! ¡Nadie te pidió que le ayudases! ¡Sabemos defendernos, para que te enteres! Me apuesto lo que quieras a que el desgraciado que se atrevió a golpearle ya ha cobrado su merecido... ¡No nos subestimes!
— Yo sólo digo que...
— ¡Pues que pare de contarnos monsergas sobre que los fuwas necesitamos ayuda, y que empiece a soltar de dónde ha venido y a qué se dedica...! ¡A ver si tiene lo que hay que tener, a ver hasta dónde llegan sus mentiras!

Respiré hondo y seguí con mi historia. Les hablé de mi vida en Occitia, y de lo diferentes a nosotros que eran los sagrárines. No me prestaron mucha atención hasta que empecé a quejarme de las cosas del país que acababa de abandonar que más me habían sacado de quicio. Entonces los duendes parecieron interesados y los fuwas, por primera vez, atentos.

Les conté cómo me habían tratado sólo porque era occitio. Cómo me había molestado la manera en que habían tratado a aquel fuwa. Las cosas que Dana me contó sobre las injusticias de su país, y cómo al final no dejaban de ser tan distintos de los occitios. Mi país estaba lleno de gente que se destruía mutuamente, pero Sagrania estaba en manos de déspotas que permitían la pobreza entre su gente y que habían empujado a nuestros antepasados a vivir tras un desierto seco y repugnante. Todo aquello en palabras de la misma Dana. Entonces, como viera que cambiaba la reacción de los duendes y hasta de los fuwas, elevé el tono de mi discurso contra toda aquella gente. Y acabé quedándome a gusto:

— Van de santos, de superiores, de civilizados inteligentes... pero roban, multan, pegan, insultan sin tener ni media torta... a poco que te pelees con nadie viene medio pueblo o llaman a la poli, tienen a gente viviendo en la calle con la riqueza que hay... ¡y la policía abusa de la gente, pero luego no les puedes ni tocar un pelo...! No odio a los sagrárines... ¡pero con más de uno me rompía la pierna, desollándoles el culo a patadas!

Todos me miraron con la boca abierta. Nadie dijo nada más. Se hizo el silencio en medio del bosque.

Y entonces, de pronto, descubrí que aquel silencio no venía por lo que acababa de decirles. Justamente estaban de regreso los dos guardias que Hokum había enviado. Se acercaron a su jefe y le dijeron algo. Y entonces este, mirándome como si fuese un excremento que acababa de pisar, se aclaró la garganta y comunicó a la Asamblea:

— Hemos recibido una respuesta de los árboles...

¿Había oído bien? ¿O me estaba volviendo majara?

— Y los árboles nos han respondido que toda la historia que cuenta el detenido es cierta.

Hubo más murmullos.

— Según ellos —siguió Hokum, carraspeando otra vez— el forastero proviene de un país remoto que se encuentra en el extremo oeste de Momeria. Es una tierra desolada del extremo occidental, más allá del desierto que señala el fin de Sagrania. Allí despojó de sus frutos, sin tener ningún permiso para ello, a varios de los árboles más cercanos al país de nuestros opresores —hubo murmullos de enfado—. A continuación se dirigió hacia el este, y llegó a un pueblo. Allí asesinó a un granjero local y le robó sus gallinas —hubo murmullos de aprobación—. Parece ser que permaneció un tiempo vagabundeando de aquí para allá, viviendo de robar hasta desembocar en Sagrarin. Ese es el lugar donde encontró el objeto de tortura y muerte llamado libro —cesaron los murmullos—. Y según el mismo testimonio de los árboles, debo admitir ante la Asamblea que, antes de venir aquí, este sujeto defendió a uno de nuestros espías fuwa de la agresión de su amo. Para finalizar, según parece, el forastero propinó una paliza a los compañeros del mencionado agresor y de paso atacó a varios policías.

Yo estaba perplejo oyendo aquello. ¿Cómo sabían tanto? ¿De verdad se lo habían contado los árboles? ¿En serio creían que todas aquellas maldades me hacían digno de elogio? ¿Qué hacía yo con tanto desquiciado? ¿Me estaba volviendo loco? En mala hora se me había ocurrido poner un pie en el bosque aquel...

— Pero cómo... ¿Cómo sabéis todo eso? ¿Cómo puede ser que los árboles...?
— Los fuwas, como debes saber —me dijo Numenar— tienen la habilidad de comunicarse con las plantas. Y las plantas, estimado forastero... por extraño que te parezca, son sensibles a todo aquello que pasa a su alrededor, aunque no sientan de forma parecida a como hacemos nosotros. Se dan cuenta de muchas cosas sin que lo sepamos, y hablan entre ellas. Los fuwas, simplemente, recogen parte del conocimiento de los árboles.

No tuve valor de decir lo que pensaba: que estaban sonados, y que tal vez yo lo estuviera también.

— ¿Y vosotros? —dije en el silencio sepulcral que se formó—. ¿Qué queréis de mí?
— ¿Nosotros? —me contestó Numenar—. Pues, como seguramente habrás oído, queríamos pedirte ayuda.
— ¿Para qué?
— Creo que tenemos cosas en común.
— ¿Ah, sí?
— Como por ejemplo el hecho de que los antepasados de los sagrárines expulsaran a los occitios a los confines del desierto.

Hokum entornó sus ojos azulados. También soltó aire por el pico de pato, para expresar desacuerdo y algo de desprecio.

— ¿Eso tenemos en común? —pregunté—. ¿Por qué?
— Escucha, forastero. Los duendes y los fuwas no hemos vivido siempre en este bosque, ¿sabes? —me explicó Numenar.
— ¿Ah, no?
— No. Antiguamente había tribus nuestras distribuidas a lo largo y ancho de toda Momeria. Todos los países de Momeria, desde el extremo oriental hasta seguramente el desierto, estaba habitado por nuestras dos especies.
— Numenar —hizo Hokum en tono de advertencia—. A ver qué le cuentas a este asesino...
— ¿Y qué les pasó? —pregunté interesado.
— Cuando los sagrárines se convirtieron en la raza dominante, hace miles de años... —hizo Numenar, y se aclaró la garganta—. Rehicieron el mundo a su convenciencia. Cambiaron el que había antes, donde todas las especies vivíamos en armonía, por otro nuevo, hecho por y para ellos. Y en unos cuantos años...
— ¡Talaron bosques enteros...! —interrumpió Hokum apretando los puños y los dientes, sin poderse contener—. Y aún hoy continúan. Ni los árboles ni nosotros podremos olvidarlo nunca. Asesinos...
— De nuestras antiguas alianzas, que tan necesarias fueron desde hacía muchos siglos, no quisieron saber nada —siguió el duende—. Decidieron que ya no nos necesitaban, y se les cayó la careta. No eran tan justos como parecía, sólo empezaron a brillar ante la ausencia de quien les hacía sombra... y entonces intentaron esclavizar a nuestros antepasados, fuwas por un lado y duendes por el otro. Hubo rebeliones, claro está, pero los sagrárines tenían ejércitos muy numerosos armados hasta los dientes, y ayudados por su magia poderosa.
— ¿Magia? —hice incrédulo.
— ¡Numenar...! —volvió a advertir el jefe Hokum, al que parecía que empezaban a sacar de sus casillas—. ¡No sigas por ese camino, o tendrás problemas con...!
— ¡Si al final no te convence nuestra idea, Hokum, y si crees que yo me he ido de la lengua ante los oídos de vuestro reo... siempre podéis matarlo! ¡Pero deja al menos que diga todo lo que tengo que decir!
— Estás jugando con fuego, duende estúpido... —masculló entre dientes el gran jefe.

Y gruñó algo más, en palabras tan insultantes como inaudibles. Numenar miró con miedo a aquella bestia con aspecto de palmera de hojas rojas. Pero luego echó otra mirada a sus compañeros duendes, respiró hondo y continuó, como si nadie le hubiese amenazado:

— Como iba diciendo... sí... magia. Fuimos incapaces de vencer a los sagrárines y a su terrible magia.
— Pero... ¿pero magia? —me extrañé, dudando otra vez de la cordura de aquel duende—. ¿Pero es que la magia existe?
— Claro que existe.

No me atreví a decirle lo que pensaba de él. Todavía tenían mi vida en sus manos.

— Nosotros también podemos usarla —dijo Numenar—. Pero nuestro conocimiento de la misma no es rival para el nivel de la magia de los sagrárines, que llevan siglos practicándola y desarrollándola. No pudimos ganar aquellas guerras.
— Pero...
— Y después, los supervivientes huyeron a los bosques. Nosotros somos la última colonia de fuwas y duendes que aún vive.
— Te habrás quedado a gusto, Numenar... —suspiró Hokum, aunque su aliento sonó muy ronco y amenazador—. Ya puedes tener una buena razón para que no lo matemos...
— Hace años, fuwas y duendes formamos una alianza —continuó Numenar—. Somos los últimos descendientes de las tribus de fuwas y duendes que se refugiaron en la profundidad del Bosque de Medonia. Desde aquí, juramos no olvidar jamás lo que la raza sagrarin nos ha hecho... y pagarles con su misma moneda en el futuro.

Parpadeé varias veces.

— ¿Y por qué me cuentas todo esto? ¿Qué es lo que queréis de mí? ¿Para qué necesitáis mi ayuda?
— Verás, nosotros hace tiempo que...
— ¡Basta! —gritó Hokum—. Por ahí no paso. Como cuentes una sola palabra más de nuestro plan...
— Si nuestro amigo se fuera de la lengua, Hokum... lo sabríamos. Y que te quede muy claro, antes de que digas nada, que los duendes tendríamos el mismo interés que tú en silenciar cualquier rumor —añadió escudriñándome con un elocuente brillo en la mirada.

Pero el miedo que me estaba entrando no era tan fuerte como mi interés por escuchar lo que tuvieran que decirme.

— ¿Qué plan es ese, Numenar? —le pregunté—. Puedes contármelo, puedes confiar en mí. Lo juro por Asp... lo juro por Aspín.
— Nosotros hace tiempo que recopilamos información sobre Sagrania —prosiguió él—. Los fuwas, como habrás podido comprobar, han distribuido a su gente por todo el país haciéndoles pasar por seres dóciles distintos a sus antepasados, dispuestos a servir a los sagrárines a cambio de cobijo y comida. Pero no son más que espías.

Tragué saliva.

— Estamos planeando desde hace años un movimiento muy importante. Pero nos falta algo que tú puedes darnos...
— ¿Yo?
— Sí. Según nos han dicho nuestros espías, tú sabes leer. ¿No es así?

Miré a derecha y a izquierda. Por un lado, los fuwas me miraban, a mí y a los duendes, con desconfianza. Por el otro, los duendes parecían expectantes a lo que tuviera que decir. Al final asentí.

— Pero... ¿para qué quieres a una persona que sepa leer? ¿Es que vosotros no sabéis?
— Verás, los fuwas no tienen derechos en Sagrania. Sus habitantes no acaban de confiar en ellos, y nunca les han enseñado muchas cosas. Entre ellas, a leer. Pero a ti sí. Has conseguido que te transmitan esa habilidad. Y has pasado tiempo con ellos en los últimos tiempos. Sin duda podrías... volver allí, a ver qué más puedes traernos sobre ellos, ¿no?
— ¿Como por ejemplo...?
— Bueno, esos libros de los que hablan los fuwas parece que contienen mucha información importante acerca de temas muy variados... y si nos enseñaras a leer la escritura sagrarin... hace tiempo que nuestro conocimiento sobre los avances de la ciencia está muy estancado. Sobre todo porque no podemos ni salir del bosque sin que descubran que, efectivamente, aún hay fuwas y duendes fuera de la civilización sagrarin...
— ¿Pero para qué necesitáis información sobre Sagrania?
— Numenar... ¡no!

Numenar volvió a respirar.

— A propósito —me dijo antes de aclararse la garganta— te queríamos hacer una propuesta. Habíamos pensado en contar contigo para... ¿querrías ayudarnos en nuestra misión... por un Nuevo Orden mundial?
— ¿Nu... Numenar? —hizo el jefe fuwa como si no pudiese creerlo.

Pero Numenar parecía decidido. Volví a parpadear.

— ¿A qué os referís? —pregunté, aunque ya intuía a qué se refería.
— Bueno, no tenemos por qué caer en la tentación de ser crueles con nuestros opresores de raza sagrarin… pero digamos que... podemos hacer... un mundo mejor, más armónico... más justo. Sí, eso es. Un lugar donde las diversas especies podamos volver a vivir en igualdad de derechos y oportunidades... incluidos los occitios, claro... en lugar de aceptar las cosas tal y como están... reequilibrar la balanza en toda Momeria. ¿No quieres?

Le estaban contando la parte bonita de la verdad a un ciudadano del país de las mentiras. Ya sabía qué se proponía aquella gente. No necesitaban disfrazarlo de una bondad que brillaba por su ausencia.

— Si nos ayudas... —siguió Numenar—. Vaya, si nos ayudas... podemos hacer muchas cosas por ti. Como por ejemplo encargarnos de que nunca más pases apuros. Y también me preguntaba... ¿te gustaría aprender a hacer magia, forastero? Podrías convertir Occitia en un vergel, y luego gobernarla... ¡o hacer lo que quisieras en el Nuevo Orden!

Me lo pensé unos segundos. Sabía que no podía confiar en ellos. Que no podía ser que la magia existiera. Que sería todo una gran mentira. Sin embargo, no tenía dudas. Quería saber qué se proponían. Si he de ser franco, pensé al ver las lanzas de los fuwas que aún apuntaban hacia mí, también debo decir que no tenía opciones...

— ¿Qué es lo que tengo que hacer? —quise saber, rebuscando en mi interior para elegir el tono y las palabras más amables y mansas que pude encontrar.

No fue hasta días después que me di cuenta de que no sólo era una falta de opción. Creo que al final venció el instinto de poder y la voluntad de progresar en la vida. Y ver qué oportunidades me brindaban aquellas compañías, que para alguien criado en Occitia no eran tan malas. De momento quería quedarme en el bosque, aunque fuese con aquella gente tan siniestra y tan extraña.

Si tan convencidos estaban de que sabían hacer magia, entonces yo no quería morirme sin verla. Y si iban a enseñarme a hacerla, por Anjín que iba a quedarme. Luego ya vería qué podría hacer, y dónde, y si debía emprender una fuga o no. Por no mencionar que había estado arrastrando desde casa, durante todo mi viaje, los recuerdos que me traje de Isolacrán.

¿Qué puedo decir? No me arrepiento en absoluto. La Asamblea Forestal no se equivoca nunca.

Nadie en su sano juicio hubiese preferido regresar a Occitia.







lunes, 1 de julio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (VII): El juicio del bosque



¡Cada lunes continúa la aventura!



Empiézala desde el primer capítulo en:



7. ~ EL JUICIO DEL BOSQUE ~





Las ciudades se fueron convirtiendo en pueblos a medida que avanzaba en mi camino al norte. Y al final los municipios se quedaron reducidos a pequeñas aldeas, cada vez más alejadas a lo largo del campo.

Las arboledas y bosquecillos entre prados dieron paso a bosques cada vez más grandes y frondosos. Los árboles crecían en altura, con lianas y plantas parásitas en medio de los troncos. El sotobosque se llenaba de hierbas altas, arbustos y helechos, cada vez más grandes y frondosos.

No sé si creía las leyendas que me contó Dana sobre los seres mágicos del bosque. Según ellas, el Bosque de Medonia estaba lleno de criaturas con habilidades sobrenaturales. Pero no me lo creía. Lo más probable es que, en el fondo, lo que deseara fuese una excusa, para retrasar mi vuelta a Occitia tanto como fuera posible. Sin embargo, dirante días no encontré otra cosa que vegetación, masa forestal y animales salvajes. Acabé de decidirme. No tenía más remedio que volver a Isolacrán. Al fin y al cabo, ya tenía un arma. No podía aspirar a mucho más en Sagrania, pero en Occitia sería de los más respetados.

Ya viajaba de vuelta al sur. Pero un día, de repente, vi a un animal veloz como el rayo, que saltaba de una rama a otra con agilidad simiesca. Me quedé asombrado. No lo había visto bien, había ido tan rápido... no había podido ni seguirlo con la mirada, pues enseguida había desaparecido entre las sombras de la jungla.

No anduve mucho más aquel día. Fue cuando encontré unas cabañas en lo alto de los árboles. ¿Pero es que había gente viviendo allí?

Me quedé allí quieto, a ver si veía a la gente que las ocupaba. Hasta que, entonces, apareció otra de esas criaturas que yo había tomado por monos.

¡Por Azivi! No sabía que los fuwas pudieran trepar y brincar de esa manera... en Sagrarin parecían debiluchos, frágiles, torpes y tontos... me quedé pasmado viéndolos saltar de rama en rama. Tanto que permanecí un buen rato mirándolos, oculto tras un matorral.

Pero entonces, de repente, se dejó oír por todo el bosque un chirrido monumental de una intensidad y estridencia más que insoportable. A continuación, de las copas de los árboles, salió un enjambre de fuwas que saltaban como locos de árbol en árbol, hacia todas direcciones. Acto seguido, antes de que pudiera notar que alguien se acercaba, un relámpago verde oscuro cayó sobre mí como un chaparrón. Dos fuwas se me habían tirado encima, y yo ni siquiera los había visto venir. Quise librarme de ellos a codazos, porque su agarre se clavaba en mi cuerpo como zarpas de águila y sus gritos atroces me perforaban los oídos. Luchaban con una fuerza enorme de la que no les hubiera creído capaces, vistos los finos dedos que salían de aquellos brazos enclenques, y me llenaron el cuerpo de unos arañazos que dolían como cuchilladas.

Para mi asombro, no me pude levantar del suelo. No conseguía quitarme de encima a los dos fuwas. Les golpeé, pero respondieron con tal fuerza que me abrieron una brecha en la frente, me dejaron un ojo a la funerala y me hicieron sangrar el labio. Mi mano intentó llegar al pico del zurrón, pero era inútil. Un tercer fuwa aterrizó detrás de mí y me lo arrancó de un tirón, un tirón tan fuerte que rompió las asas de cuero y me hizo gritar de dolor. Aquellos monstruos me habían crujido los brazos, como si me los hubiesen dislocado, y gritaban cosas ininteligibles en un idioma que no conocía.

Otro fuwa cayó frente a mí desde lo alto. Para entonces yo ya no luchaba por liberarme. Me pasó una liana de plantas parásitas por los brazos y, con ayuda de los otros dos que me sujetaban, me inmovilizaron brazos y piernas. Me obligaron a levantarme.

No tuve que estar de pie por mucho tiempo más. El tremendo golpe de un leño en la cabeza me quitó el sentido, y los pocos segundos todo se hizo oscuro, los sonidos se marcharon y el bosque desapareció a mi alrededor.

Tuve varios sueños en el largo camino al despertar, en el que volví a dormirme varias veces sin siquiera darme cuenta. Ya no estaba ni despierto ni dormido. Todo estaba borroso en algún lugar entre la realidad y el sueño. Cuando por fin pude parpadear a conciencia, vi que estaba en un claro del bosque. No era demasiado grande. La frondosidad del bosque se apreciaba aún muy cerca en todas direcciones, y las copas de los altos árboles tapaban casi todo el cielo del ocaso. Más que un espacio al aire libre era como un salón hecho de árboles y arbustos, más allá de cuyos troncos sólo se veía bosque.

Todo estaba lleno de fuwas a mi alrededor. Todos con sus luminosos ojos de color azul, todos con sus flecos de pelo sedoso de todos los colores imaginables. Rojos, azules, verdes, naranjas, rosas, amarillos... Todos con su pico de pato en aquel cuerpo delgado, con aquella piel que parecía de aguacate. Pero algunos se cubrían con hojas mejor cosidas y bordadas que otros. Vi túnicas exquisitas de seda o algodón, tapadas por hombreras o faldas de un brillante rojo anaranjado u oscuro, como el de las hojas en otoño. Los vestidos de otros eran tan elegantes y trabajados que había que fijarse mucho para ver las hojas de que estaban hechos. Unos tenían lanzas, otros espadas. Sentados o de pie, cual si fueran centinelas, me cortaban la retirada.

Me miraban furiosos, como si no vieran la hora de arrancarme la piel a tiras. Con una expresión que no se parecía en nada a aquella otra tan patética que había visto en ellos en Sagrarin.

Empezaba la noche. De las cabañas de los árboles cercanos empezaron a encenderse farolillos. Aquí y allá pendían varios más, iluminando el claro con una luz verde casi amarillenta. Por todas partes, más allá de la primera línea de soldados, asomaban lanzas, picas y alabardas del grosor de un brazo y longitud de cocodrilos. Era inútil escapar de allí.

Al ver que estaba despierto, los fuwas silbaron con aquellos sonidos chirriantes. Era cruel oír aquel sonido que me desgarraba los tímpanos. Yo estaba muy asustado.

— ¿Qué estoy haciendo yo aquí? —exclamé—. ¿Por qué me habéis...?
— ¡Silencio! —gritó una voz grave detrás de mí, y todo ruido se extinguió.


Me extrañó lo contundente que había sonado la voz del fuwa. Era brutal, casi violenta, en comparación con el hilo de voz aguda y a aquel habla diplomática que les había oído a sus congéneres en Sagrarin. 

Al girarme vi a un fuwa corpulento, el único que no parecía un tirillas. Llevaba las ropas más imponentes de todas, y me sacaba una cabeza y media. Sobre la suya tenía unos plumones rojos como la sangre, que le salían en todas direcciones como las ramas de una palmera. Iba vestido de una manera tan suntuosa que enseguida comprendí que era alguien importante. Tenía en su mano mi libro amarillo, el que había robado de la tienda de Dana, y me miraba como si hubiera cometido un imperdonable crimen. No dejaba lugar a dudas. Ese fuwa era el jefe de toda la banda.

— Oye... —le dije—. ¿Qué hago yo en...?
— ¡SILENCIO! —repitió más fuerte que antes—. ¿Quién eres, y qué haces en nuestro bosque? ¿Por qué tienes la piel granate?
— Porque... soy occitiense.
— ¿Occitiense? ¿Qué demonios es eso? ¿Te estás burlando de nosotros?
— ¡No! Es lo que soy...

Otro fuwa, más delgado y espigado que el anterior, pero igualmente vestido con pompa, se aclaró la garganta. A continuación se echó para trás el pelo verde claro que tenía, avanzó un paso, sacó un pergamino y leyó en voz alta:

— Por la presente se pone a conocimiento del detenido de que se encuentra bajo las acusaciones de allanamiento de dominio y posesión de este... —dijo señalando el libro de los occitienses en manos del jefe—. De este sanguinario cuerpo del delito que se le ha encontrado en el zurrón.

Al instante los aullidos y gritos de rabia de los fuwas se hicieron oír, más fuertes que nunca. En su idioma, gritaban insultos contra mí, pero yo no podía comprender lo que me estaban dedicando. El espigado que me estaba acusando elevó la voz y pidió silencio antes de continuar:

— ¿Niega el acusado haber entrado sin permiso en nuestro bosque sin permiso?
— ¡Claro que no...! Pero no tenía ni idea de que estos bosques fueran su...
— ¡SILENCIO!
— ¿Y niega el acusado haber estado en posesión de este instrumento hecho de muerte, tortura, sufrimiento y aniquilación vital? —dijo el espigado señalando al libro que tenía el grande.

Yo no salía de mi asombro. Ahora sí que parecía que estuviera soñando.

— ¿Instrumento de muer...? —pregunté extrañado—. ¡Pero si es un libro...!

El murmullo volvió a subir de tono. Muchos de los fuwas me lanzaron amenazas.

— ¡Pero por Aspín! No sabía que eso fuese algo tan grave... ¿Desde cuándo ir por el bosque con un libro es un crimen tan horrible?

Hubo más chirridos y gritos de furia. Algunos de los fuwas se tapaban la cara, los picos o los lados de la cara, o se tiraban de los plumones y las hojas que les salían de las cabezas. Y de repente alguien soltó:

— ¡Y qué va a saber este asesino, qué va a saber! ¡Si no tienen respeto! ¡No distinguen las personas de las piedras, no! ¡Panda de buitres hambrientos... sin escrúpulos!
— ¡Va a haber que talarlos y prensarlos para que al fin se den cuenta de lo que...! —gruñó otro.
— ¡La gentuza como él no tiene consideración por la vida! —se oyó que gritaba una tercera voz.
— ¡A colgarlo! ¡A colgarlo!
— ¡A la hoguera! ¡A la hoguera!
— ¡El mortero!
— ¡La tirada!
— ¿Pero qué...? —hice yo, sin tener ni idea de qué demonios estaba pasando ni en qué momento había aparecido gente tan chiflada por el mundo.

Pero entonces me acordé de lo que Dana me había contado sobre los fuwas. Eran medio plantas, ¿no? ¡Les crecía hierba en la piel y hojas en la cabeza! Ahora lo entendía. Para ellos aquel libro era como un cadáver...

Vi como los fuwas mejor vestidos hablaban entre ellos, debatiendo algo. Pero por Aspín, y por Anjín, y por Azivi... ¿Qué demonios iban a hacerme...? ¡Esa panda de fanáticos...!

— ¡Este tribunal ya ha tomado una decisión! —determinó el fuwa del pelo rojo—. ¡El jurado ya ha alcanzado un veredicto! ¡Halla culpable al acusado, y se le condena a morir ejecutado por azotamiento!
— ¡Pero venga, por favor...! —me indigné—. ¡Yo no puedo llevar un libro porque está hecho de papel...! ¿Y en cambio aquí se usan pergaminos?
— ¡Hechos de piel de cerdo, cacho ignorante! —gritó alguien.

A lo lejos se empezó a oír el retumbar de unos tambores de guerra.

— ¡Azotar, azotar! —corearon los fuwas, enojados—. ¡Azotar hasta matar!
— Pero... —le dije al fuwa más cercano, que también cantaba la canción—. ¡Esto no tiene sentido! ¿Los tambores no están hechos de madera?
— ¡Claro, imbécil! ¡De madera de árboles muertos!
— Pero... pero...
— ¡A, zo, tar! ¡A, zo, tar! ¡A, zo, tar, has, ta, ma, tar!
— ¡Pero yo...! —intenté hablar por encima del tumulto que se formó—. ¡Yo no sabía...! ¡Puedo pediros disculpas, puedo explicarlo! Allí donde lo hice... ¡no es nada malvado! Yo no he talado al árbol que ha servido para hacerlo! ¡Yo no he fabricado el libro!

Pero estaban desbocados. Ya no hacían caso de nada. Un fuwa con plumones negros se acercó al claro, blandiendo un látigo inmenso del mismo color.

— ¿Qué? —grité desesperado—. ¿Pero cómo van a matarme a latigazos? ¿Es que piensan hacerlo hasta que muera?
— ¡A, zo, tar! ¡A, zo, tar! —cantaban a voz en grito—. ¡A, zo, tar, has, ta, ma, tar!
— ¡Un momento! ¡No podéis hacerme esto! ¡En Sagrarin libré a un fuwa del ataque de unos borrachos! ¡Yo...! ¡SOIS UNA PANDA DE ANORMALES, ESO ES LO QUE SOIS! ¿Por qué no érais tan chulos en Sagrarin?
— Los fuwas que viven en Sagrarin, pequeño monstruo granate... —me dijo el fuwa de plumón rojo—. ¡Son espías! Hacen ver que sirven a los habitantes de Sagrania.
— ¿Qué?
— ¡Pero no te preocupes, saben quitar de enmedio a todo aquel que se propase! ¡Saben defenderse, te lo aseguro! ¡Y cobrarse su venganza...!
— Pero... pero, ¿y yo? ¿Por algo tan estúpido vais a matarme...? ¡He defendido a un fuwa en Sagrarin, lo juro! ¡Yo...! ¡NOOOOOOO...! —grité en cuanto vi que el verdugo ya estaba a punto de descargar su primer golpe.

Pero entonces se oyó desde lo alto una voz que lo detuvo todo:

— ¡Eh! ¡Los de abajo!

Era una voz melosa y aguda que había sonado desde lo alto de un árbol. Provenía de un hombrecillo pequeño y vestido con casaca amarilla, pantalón negro y botas. Sobre la cabeza llevaba un sombrero de color rojo.

Iba asimismo acompañado de unos cuantos como él. El color de las casacas y los gorros difería, pero los pantalones eran todos negros y las botas marrones.

— ¡Ey! —seguían llamando a los fuwas esos hombrecillos—. ¡Aquí!
— ¡Miradnos, hola!
— ¡Hooooolaaaa!

El claro se llenó de los gritos de rabia de los fuwas.

— ¡Qué oportuno, duende! ¿No ves que estamos ocupados? ¡Nada menos que a punto de ejecutar sentencia! ¡Vuelve con los tuyos, anda!
— ¡Debéis deteneros! ¡Estáis a punto de cometer un error!

Hubo risas entre los fuwas.

— Lo que hace la envidia, ¿eh? —dijo el fuwa jefe, el de los plumones rojos—. ¡Míralo bien, Numenar! ¡Hemos atrapado a un sagranio! ¿Qué te parece, eh? ¿A cuántos de ellos habéis atrapado vosotros hasta ahora? ¡Diría que a muy pocos!
— Eso no es un sagranio, Hokum.
— ¿Ah, no? Y entonces, ¿qué dirías que es?
— De hecho ni siquiera es de raza sagrarin. ¿No habéis visto que tiene la piel grana? ¿Y desde cuándo los sagrárines tienen los ojos del color del ámbar? Además, diría que tenéis mucho interés en escuchar lo que he venido a deciros... ¡Yo de vosotros no lo mataría!

Los fuwas se miraron entre ellos y luego al duende. A juzgar por la mueca con la que intentaban reprimir esas miradas salvajes de odio, daba la impresión de que querían matarlo, pero que había algo que se lo impedía.

— ¿Que no ejecutemos al condenado? ¿Ahora que lo tenemos en las manos? ¿Cómo piensas privarnos de ello, Numenar?
— Traigo un mensaje de nuestra mitad de la Asamblea. Debéis dejar lo que estáis haciendo para reunirnos, y escuchar lo que los duendes tenemos que...
— ¿Ahora? ¿Y habéis tenido que elegir este momento?
— De hecho es imposible encontrar uno mejor.
— ¿A qué te refieres?
— Pues a que el mensaje que me han encargado transmitir dice... explícitamente... que debéis perdonarle la vida a vuestro reo.

Los fuwas no dieron crédito.

— ¿He oído bien? —dijo el fuwa jefe.
— Nuestros vigías ya avistaron hace tiempo el acercamiento a nuestros territorios de un ser ajeno al bosque, Hokum —dijo el de la casaca naranja—. Hemos elaborado planes que podrían ser interesantes para nuestra causa, y aquí es donde entra esta persona. Nuestra mitad de la Asamblea ya determinó que nos podría ser útil... ¡para el proyecto del Nuevo Orden!