lunes, 8 de julio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (VIII): La Asamblea Forestal



LA VENGANZA DE LAS FLORES - LA ASAMBLEA FORESTAL


¡Cada lunes continúa la aventura! 


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8. ~ LA ASAMBLEA FORESTAL ~


¿Nuevo Orden? ¿Qué demonios era eso?

Hokum, el jefe de los fuwas, miró al portavoz de los duendes, el llamado Numenar, y luego me miró a mí. Estaba algo inquieto, como si lo que hubiesen dicho los duendes me tuviera que importar. A mí, que como es lógico sólo pensaba en si iba a salir vivo de aquello. Luego se volvió a mirar al duende con la anterior expresión de enfado.

— ¡Duende estúp...! —casi insultó—. ¿A qué viene hablar de...? ¡Ahora sí nos has cargado de razones para liquidarlo!
— No veo razón para que tengáis que hacerlo. En nuestra mitad de la Asamblea ya se ha decidido que nos puede ser de ayuda.
— ¿Y pensáis que sólo con vuestra mitad podéis decidir, de manera unilateral, sobre uno de nuestros juicios? ¡Este desgraciado es un asesino que...!
— A nadie le interesan vuestras tonterías con los libros, Hokum. ¿Qué quieres, que iniciemos una guerra? —amenazó Numenar—. Si nos es de ayuda, no hará falta aniquilarlo. Y yo creo que estará de acuerdo en ayudarnos.

Yo contuve el aliento, por un lado con alivio y por el otro preocupado. Parecía que podía salvarme de la horca. Y sin embargo, ¿qué quería de mí esta panda de locos?

— ¿Y de qué creéis que va a servirnos este asesino de árboles y plantas? —preguntó el fuwa.
— Habría que darle algunas vueltas a la cuestión. Sea como sea, la asamblea se ha de reunir de inmediato —presionó el duende, aprovechando el silencio del jefe fuwa—. Nuestros portavoces vienen hacia aquí. ¡En nombre de nuestra mitad de la Asamblea, este juicio queda interumpido!
— Estás jugando con fuego, duende... —masculló Hokum.

Sin embargo, con un gesto de la mano, hizo que la mitad de sus congéneres se retiraran hacia atrás, hasta un poco más allá de los troncos de los árboles.

De modo que tenía unos minutos más de vida. Respiré aliviado viendo como una munión de duendes se acercaba desde arbustos, árboles, saltando de rama en rama. Otros, como por arte de magia, aparecían de debajo de las plantas, de la tierra o de las mismas piedras, o se materializaban a partir de sombras que hasta hace poco no habría dicho que los cubrían como sábanas.

Los duendes ocuparon posiciones en su mitad del claro. Muchos se subieron a los árboles que había ante nosotros. Una vez aposentados, medio claro estuvo ocupado por ellos y el otro medio por los fuwas. Yo seguí en el medio, custodiado por los matones de Hokum.

— Se abre la sesión —declaró el gran jefe fuwa—. Y se exige a los portavoces de los duendes que nos comuniquen qué razón es tan importante como para que interrumpan un juicio fuwa.

Eran cinco los duendes que se habían subido a las ramas intermedias de los árboles más cercanos al claro. Esos parecían ser los portavoces.

Pues... como ya se ha dicho... —empezó uno de los cinco duendes, que vestía una casaca roja—. Nuestros espías advirtieron la presencia del sujeto que os disponíais a ajusticiar, y dirimieron tratar al mencionado sujeto, en vista de su deslealtad con la sociedad sagrarin, de la manera acorde a lo que sus actos merecen.

No lo entendía. ¿Pero entonces me las había cargado por atacar a aquellos tipos en Sagrarin? ¿Y a esta gente qué les importaba?

Hubo murmullos entre los fuwas, hasta que al final el jefe dijo:

— ¿Desleal a los sagrárines? —se extrañó Hokum—. ¿Este? No me lo creo. ¡Si es uno de ellos! No hay más que verlo. ¡Si hasta lleva la misma ropa que ellos! ¿Qué es lo que ha hecho para que habléis tan bien de él?

¿«Tan bien»? Pero entonces, según él, ¿atacar a unos sagrárines me hacía respetable? Y además, ¿a mí que me importaba ser leal o desleal a nadie?

— Preguntádselo a los árboles —contestó el segundo duende, que iba vestido con una casaca azul—. Estoy seguro de que tienen algo que contaros al respecto.

¿Cómo que se lo preguntaran a los árboles? ¿Es que aquella gente hablaba con los árboles? Pero en ese momento me asustó más la mirada que Hokum lanzó al duende. Lo miraba de hito en hito, clavándole sus ojos azules como si nadie en su sano juicio se hubirera atrevido jamás a decirle a él cuándo debía consultar a los árboles. Sin embargo, estimó oportuno no contestar. A continuación llamó a dos de sus compinches y les dijo algo en su lengua fuwa. Y entonces los dos fuwas se marcharon, saliendo del claro y perdiéndose en el bosque.

— Mientras esperamos, duendes —empezó Hokum en un tono extraño que intentaba parecer amable— ¿por qué no nos contáis vuestro plan? Así puede que el detenido escuche más de aquello que no debe, y tengamos más razones para demostrar que hay que pasarlo por el látigo... o por el mortero. O tal vez por...
— Antes de proceder a tan civilizadas prácticas, Hokum —le interrumpió el tercer duende, que llevaba una casaca violeta— debemos hacerle unas preguntas. Primero de todo, ¿cómo te llamas, extraño viajero? —preguntó mirándome.

Me aclaré la garganta, consciente de que esta era una prueba que, si fallaba, tal vez pagaría con la vida.

— Mi nombre es Vérizo —respondí con voz ronca, sin poder evitar fruncir el ceño al decir esto.
— ¿Y de dónde eres?
— De Isolacrán.
— ¿Eso qué es?
— Pues una ciudad... —respondí al tiempo que empezaba a oírse un murmullo entre los fuwas.
— ¿Una ciudad? No me suena, ¿se puede saber dónde está?
— En Occitia. Hacia el este, no muy lejos de...
— ¿Occitia? ¿Es tu comarca?
— No, es mi país.
— ¡Silencio! —pidió el primer duende—. ¿Cómo es que nunca hemos oído hablar de él? ¿Dónde está tu país, Vérizo?
— Está al oeste de Sagrania. Tras la llanura desértica.

Pero el murmullo volvió a crecer entre los fuwas y los duendes y esta vez ni siquiera mi interlocutor pudo evitar hacer algunas preguntas a los duendes que tenía cerca.

— ¿Tras la llanura del oeste? Pero... ¿es que hay algo más allá de ese desierto?

Asentí.

— ¿Y vive gente allí?

Volví a asentir.

— Pero entonces...

Los murmullos ya se habían convertido en griteríos. Todos, duendes y fuwas, hablaron a la vez.

— ¡SILENCIO! —gritó el jefe de los fuwas; todo el mundo calló de inmediato—. ¿A dónde queréis llegar con estas preguntas, duendes?
— ¿Has estado en Sagrarin, forastero? —me preguntó el duende que se llamaba Numenar, sin hacer caso de Hokum.
— ¿Yo? Sí, ¿por qué?
— ¿Y qué piensas de los sagrárines?
— Yo... ¿a qué viene esa pregunta?
— Nuestros espías nos han contado que sintieron olor a sangre sagrarin cuando te vieron huyendo de Sagrania. ¿Qué te ocurrió allí? ¿Tuviste algún problema?
— Yo...

No sabía que me habían espiado, pero ya me preocuparía de ello más tarde. Tampoco vi razón para no contarles lo que me había pasado con los borrachos, el fuwa y la policía. Al fin y al cabo, era lo que había querido aducir en mi defensa, y ni duendes ni fuwas parecían tener a los sagrárines en alta estima. Más a mi favor para que aquellos locos me indultasen, ¿no?

Y les conté todo. Insistí en que la pelea vino por defender precisamente al fuwa que estaban maltratando. Porque, a pesar de las palabras de Hokum al respecto, no tenía pinta de saber defenderse. Él se indignó de repente, y enfadado me cortó, antes de que acabase mi relato:

— ¡Y un cuerno! ¡No me lo creo! ¿Cómo puede ser que este asesino de árboles haya ayudado a uno de los nuestros?
— Pues le ayudé porque le estaban pegando una paliza, y él...
— ¡Él estaba interpretando su papel! ¡Nadie te pidió que le ayudases! ¡Sabemos defendernos, para que te enteres! Me apuesto lo que quieras a que el desgraciado que se atrevió a golpearle ya ha cobrado su merecido... ¡No nos subestimes!
— Yo sólo digo que...
— ¡Pues que pare de contarnos monsergas sobre que los fuwas necesitamos ayuda, y que empiece a soltar de dónde ha venido y a qué se dedica...! ¡A ver si tiene lo que hay que tener, a ver hasta dónde llegan sus mentiras!

Respiré hondo y seguí con mi historia. Les hablé de mi vida en Occitia, y de lo diferentes a nosotros que eran los sagrárines. No me prestaron mucha atención hasta que empecé a quejarme de las cosas del país que acababa de abandonar que más me habían sacado de quicio. Entonces los duendes parecieron interesados y los fuwas, por primera vez, atentos.

Les conté cómo me habían tratado sólo porque era occitio. Cómo me había molestado la manera en que habían tratado a aquel fuwa. Las cosas que Dana me contó sobre las injusticias de su país, y cómo al final no dejaban de ser tan distintos de los occitios. Mi país estaba lleno de gente que se destruía mutuamente, pero Sagrania estaba en manos de déspotas que permitían la pobreza entre su gente y que habían empujado a nuestros antepasados a vivir tras un desierto seco y repugnante. Todo aquello en palabras de la misma Dana. Entonces, como viera que cambiaba la reacción de los duendes y hasta de los fuwas, elevé el tono de mi discurso contra toda aquella gente. Y acabé quedándome a gusto:

— Van de santos, de superiores, de civilizados inteligentes... pero roban, multan, pegan, insultan sin tener ni media torta... a poco que te pelees con nadie viene medio pueblo o llaman a la poli, tienen a gente viviendo en la calle con la riqueza que hay... ¡y la policía abusa de la gente, pero luego no les puedes ni tocar un pelo...! No odio a los sagrárines... ¡pero con más de uno me rompía la pierna, desollándoles el culo a patadas!

Todos me miraron con la boca abierta. Nadie dijo nada más. Se hizo el silencio en medio del bosque.

Y entonces, de pronto, descubrí que aquel silencio no venía por lo que acababa de decirles. Justamente estaban de regreso los dos guardias que Hokum había enviado. Se acercaron a su jefe y le dijeron algo. Y entonces este, mirándome como si fuese un excremento que acababa de pisar, se aclaró la garganta y comunicó a la Asamblea:

— Hemos recibido una respuesta de los árboles...

¿Había oído bien? ¿O me estaba volviendo majara?

— Y los árboles nos han respondido que toda la historia que cuenta el detenido es cierta.

Hubo más murmullos.

— Según ellos —siguió Hokum, carraspeando otra vez— el forastero proviene de un país remoto que se encuentra en el extremo oeste de Momeria. Es una tierra desolada del extremo occidental, más allá del desierto que señala el fin de Sagrania. Allí despojó de sus frutos, sin tener ningún permiso para ello, a varios de los árboles más cercanos al país de nuestros opresores —hubo murmullos de enfado—. A continuación se dirigió hacia el este, y llegó a un pueblo. Allí asesinó a un granjero local y le robó sus gallinas —hubo murmullos de aprobación—. Parece ser que permaneció un tiempo vagabundeando de aquí para allá, viviendo de robar hasta desembocar en Sagrarin. Ese es el lugar donde encontró el objeto de tortura y muerte llamado libro —cesaron los murmullos—. Y según el mismo testimonio de los árboles, debo admitir ante la Asamblea que, antes de venir aquí, este sujeto defendió a uno de nuestros espías fuwa de la agresión de su amo. Para finalizar, según parece, el forastero propinó una paliza a los compañeros del mencionado agresor y de paso atacó a varios policías.

Yo estaba perplejo oyendo aquello. ¿Cómo sabían tanto? ¿De verdad se lo habían contado los árboles? ¿En serio creían que todas aquellas maldades me hacían digno de elogio? ¿Qué hacía yo con tanto desquiciado? ¿Me estaba volviendo loco? En mala hora se me había ocurrido poner un pie en el bosque aquel...

— Pero cómo... ¿Cómo sabéis todo eso? ¿Cómo puede ser que los árboles...?
— Los fuwas, como debes saber —me dijo Numenar— tienen la habilidad de comunicarse con las plantas. Y las plantas, estimado forastero... por extraño que te parezca, son sensibles a todo aquello que pasa a su alrededor, aunque no sientan de forma parecida a como hacemos nosotros. Se dan cuenta de muchas cosas sin que lo sepamos, y hablan entre ellas. Los fuwas, simplemente, recogen parte del conocimiento de los árboles.

No tuve valor de decir lo que pensaba: que estaban sonados, y que tal vez yo lo estuviera también.

— ¿Y vosotros? —dije en el silencio sepulcral que se formó—. ¿Qué queréis de mí?
— ¿Nosotros? —me contestó Numenar—. Pues, como seguramente habrás oído, queríamos pedirte ayuda.
— ¿Para qué?
— Creo que tenemos cosas en común.
— ¿Ah, sí?
— Como por ejemplo el hecho de que los antepasados de los sagrárines expulsaran a los occitios a los confines del desierto.

Hokum entornó sus ojos azulados. También soltó aire por el pico de pato, para expresar desacuerdo y algo de desprecio.

— ¿Eso tenemos en común? —pregunté—. ¿Por qué?
— Escucha, forastero. Los duendes y los fuwas no hemos vivido siempre en este bosque, ¿sabes? —me explicó Numenar.
— ¿Ah, no?
— No. Antiguamente había tribus nuestras distribuidas a lo largo y ancho de toda Momeria. Todos los países de Momeria, desde el extremo oriental hasta seguramente el desierto, estaba habitado por nuestras dos especies.
— Numenar —hizo Hokum en tono de advertencia—. A ver qué le cuentas a este asesino...
— ¿Y qué les pasó? —pregunté interesado.
— Cuando los sagrárines se convirtieron en la raza dominante, hace miles de años... —hizo Numenar, y se aclaró la garganta—. Rehicieron el mundo a su convenciencia. Cambiaron el que había antes, donde todas las especies vivíamos en armonía, por otro nuevo, hecho por y para ellos. Y en unos cuantos años...
— ¡Talaron bosques enteros...! —interrumpió Hokum apretando los puños y los dientes, sin poderse contener—. Y aún hoy continúan. Ni los árboles ni nosotros podremos olvidarlo nunca. Asesinos...
— De nuestras antiguas alianzas, que tan necesarias fueron desde hacía muchos siglos, no quisieron saber nada —siguió el duende—. Decidieron que ya no nos necesitaban, y se les cayó la careta. No eran tan justos como parecía, sólo empezaron a brillar ante la ausencia de quien les hacía sombra... y entonces intentaron esclavizar a nuestros antepasados, fuwas por un lado y duendes por el otro. Hubo rebeliones, claro está, pero los sagrárines tenían ejércitos muy numerosos armados hasta los dientes, y ayudados por su magia poderosa.
— ¿Magia? —hice incrédulo.
— ¡Numenar...! —volvió a advertir el jefe Hokum, al que parecía que empezaban a sacar de sus casillas—. ¡No sigas por ese camino, o tendrás problemas con...!
— ¡Si al final no te convence nuestra idea, Hokum, y si crees que yo me he ido de la lengua ante los oídos de vuestro reo... siempre podéis matarlo! ¡Pero deja al menos que diga todo lo que tengo que decir!
— Estás jugando con fuego, duende estúpido... —masculló entre dientes el gran jefe.

Y gruñó algo más, en palabras tan insultantes como inaudibles. Numenar miró con miedo a aquella bestia con aspecto de palmera de hojas rojas. Pero luego echó otra mirada a sus compañeros duendes, respiró hondo y continuó, como si nadie le hubiese amenazado:

— Como iba diciendo... sí... magia. Fuimos incapaces de vencer a los sagrárines y a su terrible magia.
— Pero... ¿pero magia? —me extrañé, dudando otra vez de la cordura de aquel duende—. ¿Pero es que la magia existe?
— Claro que existe.

No me atreví a decirle lo que pensaba de él. Todavía tenían mi vida en sus manos.

— Nosotros también podemos usarla —dijo Numenar—. Pero nuestro conocimiento de la misma no es rival para el nivel de la magia de los sagrárines, que llevan siglos practicándola y desarrollándola. No pudimos ganar aquellas guerras.
— Pero...
— Y después, los supervivientes huyeron a los bosques. Nosotros somos la última colonia de fuwas y duendes que aún vive.
— Te habrás quedado a gusto, Numenar... —suspiró Hokum, aunque su aliento sonó muy ronco y amenazador—. Ya puedes tener una buena razón para que no lo matemos...
— Hace años, fuwas y duendes formamos una alianza —continuó Numenar—. Somos los últimos descendientes de las tribus de fuwas y duendes que se refugiaron en la profundidad del Bosque de Medonia. Desde aquí, juramos no olvidar jamás lo que la raza sagrarin nos ha hecho... y pagarles con su misma moneda en el futuro.

Parpadeé varias veces.

— ¿Y por qué me cuentas todo esto? ¿Qué es lo que queréis de mí? ¿Para qué necesitáis mi ayuda?
— Verás, nosotros hace tiempo que...
— ¡Basta! —gritó Hokum—. Por ahí no paso. Como cuentes una sola palabra más de nuestro plan...
— Si nuestro amigo se fuera de la lengua, Hokum... lo sabríamos. Y que te quede muy claro, antes de que digas nada, que los duendes tendríamos el mismo interés que tú en silenciar cualquier rumor —añadió escudriñándome con un elocuente brillo en la mirada.

Pero el miedo que me estaba entrando no era tan fuerte como mi interés por escuchar lo que tuvieran que decirme.

— ¿Qué plan es ese, Numenar? —le pregunté—. Puedes contármelo, puedes confiar en mí. Lo juro por Asp... lo juro por Aspín.
— Nosotros hace tiempo que recopilamos información sobre Sagrania —prosiguió él—. Los fuwas, como habrás podido comprobar, han distribuido a su gente por todo el país haciéndoles pasar por seres dóciles distintos a sus antepasados, dispuestos a servir a los sagrárines a cambio de cobijo y comida. Pero no son más que espías.

Tragué saliva.

— Estamos planeando desde hace años un movimiento muy importante. Pero nos falta algo que tú puedes darnos...
— ¿Yo?
— Sí. Según nos han dicho nuestros espías, tú sabes leer. ¿No es así?

Miré a derecha y a izquierda. Por un lado, los fuwas me miraban, a mí y a los duendes, con desconfianza. Por el otro, los duendes parecían expectantes a lo que tuviera que decir. Al final asentí.

— Pero... ¿para qué quieres a una persona que sepa leer? ¿Es que vosotros no sabéis?
— Verás, los fuwas no tienen derechos en Sagrania. Sus habitantes no acaban de confiar en ellos, y nunca les han enseñado muchas cosas. Entre ellas, a leer. Pero a ti sí. Has conseguido que te transmitan esa habilidad. Y has pasado tiempo con ellos en los últimos tiempos. Sin duda podrías... volver allí, a ver qué más puedes traernos sobre ellos, ¿no?
— ¿Como por ejemplo...?
— Bueno, esos libros de los que hablan los fuwas parece que contienen mucha información importante acerca de temas muy variados... y si nos enseñaras a leer la escritura sagrarin... hace tiempo que nuestro conocimiento sobre los avances de la ciencia está muy estancado. Sobre todo porque no podemos ni salir del bosque sin que descubran que, efectivamente, aún hay fuwas y duendes fuera de la civilización sagrarin...
— ¿Pero para qué necesitáis información sobre Sagrania?
— Numenar... ¡no!

Numenar volvió a respirar.

— A propósito —me dijo antes de aclararse la garganta— te queríamos hacer una propuesta. Habíamos pensado en contar contigo para... ¿querrías ayudarnos en nuestra misión... por un Nuevo Orden mundial?
— ¿Nu... Numenar? —hizo el jefe fuwa como si no pudiese creerlo.

Pero Numenar parecía decidido. Volví a parpadear.

— ¿A qué os referís? —pregunté, aunque ya intuía a qué se refería.
— Bueno, no tenemos por qué caer en la tentación de ser crueles con nuestros opresores de raza sagrarin… pero digamos que... podemos hacer... un mundo mejor, más armónico... más justo. Sí, eso es. Un lugar donde las diversas especies podamos volver a vivir en igualdad de derechos y oportunidades... incluidos los occitios, claro... en lugar de aceptar las cosas tal y como están... reequilibrar la balanza en toda Momeria. ¿No quieres?

Le estaban contando la parte bonita de la verdad a un ciudadano del país de las mentiras. Ya sabía qué se proponía aquella gente. No necesitaban disfrazarlo de una bondad que brillaba por su ausencia.

— Si nos ayudas... —siguió Numenar—. Vaya, si nos ayudas... podemos hacer muchas cosas por ti. Como por ejemplo encargarnos de que nunca más pases apuros. Y también me preguntaba... ¿te gustaría aprender a hacer magia, forastero? Podrías convertir Occitia en un vergel, y luego gobernarla... ¡o hacer lo que quisieras en el Nuevo Orden!

Me lo pensé unos segundos. Sabía que no podía confiar en ellos. Que no podía ser que la magia existiera. Que sería todo una gran mentira. Sin embargo, no tenía dudas. Quería saber qué se proponían. Si he de ser franco, pensé al ver las lanzas de los fuwas que aún apuntaban hacia mí, también debo decir que no tenía opciones...

— ¿Qué es lo que tengo que hacer? —quise saber, rebuscando en mi interior para elegir el tono y las palabras más amables y mansas que pude encontrar.

No fue hasta días después que me di cuenta de que no sólo era una falta de opción. Creo que al final venció el instinto de poder y la voluntad de progresar en la vida. Y ver qué oportunidades me brindaban aquellas compañías, que para alguien criado en Occitia no eran tan malas. De momento quería quedarme en el bosque, aunque fuese con aquella gente tan siniestra y tan extraña.

Si tan convencidos estaban de que sabían hacer magia, entonces yo no quería morirme sin verla. Y si iban a enseñarme a hacerla, por Anjín que iba a quedarme. Luego ya vería qué podría hacer, y dónde, y si debía emprender una fuga o no. Por no mencionar que había estado arrastrando desde casa, durante todo mi viaje, los recuerdos que me traje de Isolacrán.

¿Qué puedo decir? No me arrepiento en absoluto. La Asamblea Forestal no se equivoca nunca.

Nadie en su sano juicio hubiese preferido regresar a Occitia.







lunes, 1 de julio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (VII): El juicio del bosque



¡Cada lunes continúa la aventura!



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7. ~ EL JUICIO DEL BOSQUE ~





Las ciudades se fueron convirtiendo en pueblos a medida que avanzaba en mi camino al norte. Y al final los municipios se quedaron reducidos a pequeñas aldeas, cada vez más alejadas a lo largo del campo.

Las arboledas y bosquecillos entre prados dieron paso a bosques cada vez más grandes y frondosos. Los árboles crecían en altura, con lianas y plantas parásitas en medio de los troncos. El sotobosque se llenaba de hierbas altas, arbustos y helechos, cada vez más grandes y frondosos.

No sé si creía las leyendas que me contó Dana sobre los seres mágicos del bosque. Según ellas, el Bosque de Medonia estaba lleno de criaturas con habilidades sobrenaturales. Pero no me lo creía. Lo más probable es que, en el fondo, lo que deseara fuese una excusa, para retrasar mi vuelta a Occitia tanto como fuera posible. Sin embargo, dirante días no encontré otra cosa que vegetación, masa forestal y animales salvajes. Acabé de decidirme. No tenía más remedio que volver a Isolacrán. Al fin y al cabo, ya tenía un arma. No podía aspirar a mucho más en Sagrania, pero en Occitia sería de los más respetados.

Ya viajaba de vuelta al sur. Pero un día, de repente, vi a un animal veloz como el rayo, que saltaba de una rama a otra con agilidad simiesca. Me quedé asombrado. No lo había visto bien, había ido tan rápido... no había podido ni seguirlo con la mirada, pues enseguida había desaparecido entre las sombras de la jungla.

No anduve mucho más aquel día. Fue cuando encontré unas cabañas en lo alto de los árboles. ¿Pero es que había gente viviendo allí?

Me quedé allí quieto, a ver si veía a la gente que las ocupaba. Hasta que, entonces, apareció otra de esas criaturas que yo había tomado por monos.

¡Por Azivi! No sabía que los fuwas pudieran trepar y brincar de esa manera... en Sagrarin parecían debiluchos, frágiles, torpes y tontos... me quedé pasmado viéndolos saltar de rama en rama. Tanto que permanecí un buen rato mirándolos, oculto tras un matorral.

Pero entonces, de repente, se dejó oír por todo el bosque un chirrido monumental de una intensidad y estridencia más que insoportable. A continuación, de las copas de los árboles, salió un enjambre de fuwas que saltaban como locos de árbol en árbol, hacia todas direcciones. Acto seguido, antes de que pudiera notar que alguien se acercaba, un relámpago verde oscuro cayó sobre mí como un chaparrón. Dos fuwas se me habían tirado encima, y yo ni siquiera los había visto venir. Quise librarme de ellos a codazos, porque su agarre se clavaba en mi cuerpo como zarpas de águila y sus gritos atroces me perforaban los oídos. Luchaban con una fuerza enorme de la que no les hubiera creído capaces, vistos los finos dedos que salían de aquellos brazos enclenques, y me llenaron el cuerpo de unos arañazos que dolían como cuchilladas.

Para mi asombro, no me pude levantar del suelo. No conseguía quitarme de encima a los dos fuwas. Les golpeé, pero respondieron con tal fuerza que me abrieron una brecha en la frente, me dejaron un ojo a la funerala y me hicieron sangrar el labio. Mi mano intentó llegar al pico del zurrón, pero era inútil. Un tercer fuwa aterrizó detrás de mí y me lo arrancó de un tirón, un tirón tan fuerte que rompió las asas de cuero y me hizo gritar de dolor. Aquellos monstruos me habían crujido los brazos, como si me los hubiesen dislocado, y gritaban cosas ininteligibles en un idioma que no conocía.

Otro fuwa cayó frente a mí desde lo alto. Para entonces yo ya no luchaba por liberarme. Me pasó una liana de plantas parásitas por los brazos y, con ayuda de los otros dos que me sujetaban, me inmovilizaron brazos y piernas. Me obligaron a levantarme.

No tuve que estar de pie por mucho tiempo más. El tremendo golpe de un leño en la cabeza me quitó el sentido, y los pocos segundos todo se hizo oscuro, los sonidos se marcharon y el bosque desapareció a mi alrededor.

Tuve varios sueños en el largo camino al despertar, en el que volví a dormirme varias veces sin siquiera darme cuenta. Ya no estaba ni despierto ni dormido. Todo estaba borroso en algún lugar entre la realidad y el sueño. Cuando por fin pude parpadear a conciencia, vi que estaba en un claro del bosque. No era demasiado grande. La frondosidad del bosque se apreciaba aún muy cerca en todas direcciones, y las copas de los altos árboles tapaban casi todo el cielo del ocaso. Más que un espacio al aire libre era como un salón hecho de árboles y arbustos, más allá de cuyos troncos sólo se veía bosque.

Todo estaba lleno de fuwas a mi alrededor. Todos con sus luminosos ojos de color azul, todos con sus flecos de pelo sedoso de todos los colores imaginables. Rojos, azules, verdes, naranjas, rosas, amarillos... Todos con su pico de pato en aquel cuerpo delgado, con aquella piel que parecía de aguacate. Pero algunos se cubrían con hojas mejor cosidas y bordadas que otros. Vi túnicas exquisitas de seda o algodón, tapadas por hombreras o faldas de un brillante rojo anaranjado u oscuro, como el de las hojas en otoño. Los vestidos de otros eran tan elegantes y trabajados que había que fijarse mucho para ver las hojas de que estaban hechos. Unos tenían lanzas, otros espadas. Sentados o de pie, cual si fueran centinelas, me cortaban la retirada.

Me miraban furiosos, como si no vieran la hora de arrancarme la piel a tiras. Con una expresión que no se parecía en nada a aquella otra tan patética que había visto en ellos en Sagrarin.

Empezaba la noche. De las cabañas de los árboles cercanos empezaron a encenderse farolillos. Aquí y allá pendían varios más, iluminando el claro con una luz verde casi amarillenta. Por todas partes, más allá de la primera línea de soldados, asomaban lanzas, picas y alabardas del grosor de un brazo y longitud de cocodrilos. Era inútil escapar de allí.

Al ver que estaba despierto, los fuwas silbaron con aquellos sonidos chirriantes. Era cruel oír aquel sonido que me desgarraba los tímpanos. Yo estaba muy asustado.

— ¿Qué estoy haciendo yo aquí? —exclamé—. ¿Por qué me habéis...?
— ¡Silencio! —gritó una voz grave detrás de mí, y todo ruido se extinguió.


Me extrañó lo contundente que había sonado la voz del fuwa. Era brutal, casi violenta, en comparación con el hilo de voz aguda y a aquel habla diplomática que les había oído a sus congéneres en Sagrarin. 

Al girarme vi a un fuwa corpulento, el único que no parecía un tirillas. Llevaba las ropas más imponentes de todas, y me sacaba una cabeza y media. Sobre la suya tenía unos plumones rojos como la sangre, que le salían en todas direcciones como las ramas de una palmera. Iba vestido de una manera tan suntuosa que enseguida comprendí que era alguien importante. Tenía en su mano mi libro amarillo, el que había robado de la tienda de Dana, y me miraba como si hubiera cometido un imperdonable crimen. No dejaba lugar a dudas. Ese fuwa era el jefe de toda la banda.

— Oye... —le dije—. ¿Qué hago yo en...?
— ¡SILENCIO! —repitió más fuerte que antes—. ¿Quién eres, y qué haces en nuestro bosque? ¿Por qué tienes la piel granate?
— Porque... soy occitiense.
— ¿Occitiense? ¿Qué demonios es eso? ¿Te estás burlando de nosotros?
— ¡No! Es lo que soy...

Otro fuwa, más delgado y espigado que el anterior, pero igualmente vestido con pompa, se aclaró la garganta. A continuación se echó para trás el pelo verde claro que tenía, avanzó un paso, sacó un pergamino y leyó en voz alta:

— Por la presente se pone a conocimiento del detenido de que se encuentra bajo las acusaciones de allanamiento de dominio y posesión de este... —dijo señalando el libro de los occitienses en manos del jefe—. De este sanguinario cuerpo del delito que se le ha encontrado en el zurrón.

Al instante los aullidos y gritos de rabia de los fuwas se hicieron oír, más fuertes que nunca. En su idioma, gritaban insultos contra mí, pero yo no podía comprender lo que me estaban dedicando. El espigado que me estaba acusando elevó la voz y pidió silencio antes de continuar:

— ¿Niega el acusado haber entrado sin permiso en nuestro bosque sin permiso?
— ¡Claro que no...! Pero no tenía ni idea de que estos bosques fueran su...
— ¡SILENCIO!
— ¿Y niega el acusado haber estado en posesión de este instrumento hecho de muerte, tortura, sufrimiento y aniquilación vital? —dijo el espigado señalando al libro que tenía el grande.

Yo no salía de mi asombro. Ahora sí que parecía que estuviera soñando.

— ¿Instrumento de muer...? —pregunté extrañado—. ¡Pero si es un libro...!

El murmullo volvió a subir de tono. Muchos de los fuwas me lanzaron amenazas.

— ¡Pero por Aspín! No sabía que eso fuese algo tan grave... ¿Desde cuándo ir por el bosque con un libro es un crimen tan horrible?

Hubo más chirridos y gritos de furia. Algunos de los fuwas se tapaban la cara, los picos o los lados de la cara, o se tiraban de los plumones y las hojas que les salían de las cabezas. Y de repente alguien soltó:

— ¡Y qué va a saber este asesino, qué va a saber! ¡Si no tienen respeto! ¡No distinguen las personas de las piedras, no! ¡Panda de buitres hambrientos... sin escrúpulos!
— ¡Va a haber que talarlos y prensarlos para que al fin se den cuenta de lo que...! —gruñó otro.
— ¡La gentuza como él no tiene consideración por la vida! —se oyó que gritaba una tercera voz.
— ¡A colgarlo! ¡A colgarlo!
— ¡A la hoguera! ¡A la hoguera!
— ¡El mortero!
— ¡La tirada!
— ¿Pero qué...? —hice yo, sin tener ni idea de qué demonios estaba pasando ni en qué momento había aparecido gente tan chiflada por el mundo.

Pero entonces me acordé de lo que Dana me había contado sobre los fuwas. Eran medio plantas, ¿no? ¡Les crecía hierba en la piel y hojas en la cabeza! Ahora lo entendía. Para ellos aquel libro era como un cadáver...

Vi como los fuwas mejor vestidos hablaban entre ellos, debatiendo algo. Pero por Aspín, y por Anjín, y por Azivi... ¿Qué demonios iban a hacerme...? ¡Esa panda de fanáticos...!

— ¡Este tribunal ya ha tomado una decisión! —determinó el fuwa del pelo rojo—. ¡El jurado ya ha alcanzado un veredicto! ¡Halla culpable al acusado, y se le condena a morir ejecutado por azotamiento!
— ¡Pero venga, por favor...! —me indigné—. ¡Yo no puedo llevar un libro porque está hecho de papel...! ¿Y en cambio aquí se usan pergaminos?
— ¡Hechos de piel de cerdo, cacho ignorante! —gritó alguien.

A lo lejos se empezó a oír el retumbar de unos tambores de guerra.

— ¡Azotar, azotar! —corearon los fuwas, enojados—. ¡Azotar hasta matar!
— Pero... —le dije al fuwa más cercano, que también cantaba la canción—. ¡Esto no tiene sentido! ¿Los tambores no están hechos de madera?
— ¡Claro, imbécil! ¡De madera de árboles muertos!
— Pero... pero...
— ¡A, zo, tar! ¡A, zo, tar! ¡A, zo, tar, has, ta, ma, tar!
— ¡Pero yo...! —intenté hablar por encima del tumulto que se formó—. ¡Yo no sabía...! ¡Puedo pediros disculpas, puedo explicarlo! Allí donde lo hice... ¡no es nada malvado! Yo no he talado al árbol que ha servido para hacerlo! ¡Yo no he fabricado el libro!

Pero estaban desbocados. Ya no hacían caso de nada. Un fuwa con plumones negros se acercó al claro, blandiendo un látigo inmenso del mismo color.

— ¿Qué? —grité desesperado—. ¿Pero cómo van a matarme a latigazos? ¿Es que piensan hacerlo hasta que muera?
— ¡A, zo, tar! ¡A, zo, tar! —cantaban a voz en grito—. ¡A, zo, tar, has, ta, ma, tar!
— ¡Un momento! ¡No podéis hacerme esto! ¡En Sagrarin libré a un fuwa del ataque de unos borrachos! ¡Yo...! ¡SOIS UNA PANDA DE ANORMALES, ESO ES LO QUE SOIS! ¿Por qué no érais tan chulos en Sagrarin?
— Los fuwas que viven en Sagrarin, pequeño monstruo granate... —me dijo el fuwa de plumón rojo—. ¡Son espías! Hacen ver que sirven a los habitantes de Sagrania.
— ¿Qué?
— ¡Pero no te preocupes, saben quitar de enmedio a todo aquel que se propase! ¡Saben defenderse, te lo aseguro! ¡Y cobrarse su venganza...!
— Pero... pero, ¿y yo? ¿Por algo tan estúpido vais a matarme...? ¡He defendido a un fuwa en Sagrarin, lo juro! ¡Yo...! ¡NOOOOOOO...! —grité en cuanto vi que el verdugo ya estaba a punto de descargar su primer golpe.

Pero entonces se oyó desde lo alto una voz que lo detuvo todo:

— ¡Eh! ¡Los de abajo!

Era una voz melosa y aguda que había sonado desde lo alto de un árbol. Provenía de un hombrecillo pequeño y vestido con casaca amarilla, pantalón negro y botas. Sobre la cabeza llevaba un sombrero de color rojo.

Iba asimismo acompañado de unos cuantos como él. El color de las casacas y los gorros difería, pero los pantalones eran todos negros y las botas marrones.

— ¡Ey! —seguían llamando a los fuwas esos hombrecillos—. ¡Aquí!
— ¡Miradnos, hola!
— ¡Hooooolaaaa!

El claro se llenó de los gritos de rabia de los fuwas.

— ¡Qué oportuno, duende! ¿No ves que estamos ocupados? ¡Nada menos que a punto de ejecutar sentencia! ¡Vuelve con los tuyos, anda!
— ¡Debéis deteneros! ¡Estáis a punto de cometer un error!

Hubo risas entre los fuwas.

— Lo que hace la envidia, ¿eh? —dijo el fuwa jefe, el de los plumones rojos—. ¡Míralo bien, Numenar! ¡Hemos atrapado a un sagranio! ¿Qué te parece, eh? ¿A cuántos de ellos habéis atrapado vosotros hasta ahora? ¡Diría que a muy pocos!
— Eso no es un sagranio, Hokum.
— ¿Ah, no? Y entonces, ¿qué dirías que es?
— De hecho ni siquiera es de raza sagrarin. ¿No habéis visto que tiene la piel grana? ¿Y desde cuándo los sagrárines tienen los ojos del color del ámbar? Además, diría que tenéis mucho interés en escuchar lo que he venido a deciros... ¡Yo de vosotros no lo mataría!

Los fuwas se miraron entre ellos y luego al duende. A juzgar por la mueca con la que intentaban reprimir esas miradas salvajes de odio, daba la impresión de que querían matarlo, pero que había algo que se lo impedía.

— ¿Que no ejecutemos al condenado? ¿Ahora que lo tenemos en las manos? ¿Cómo piensas privarnos de ello, Numenar?
— Traigo un mensaje de nuestra mitad de la Asamblea. Debéis dejar lo que estáis haciendo para reunirnos, y escuchar lo que los duendes tenemos que...
— ¿Ahora? ¿Y habéis tenido que elegir este momento?
— De hecho es imposible encontrar uno mejor.
— ¿A qué te refieres?
— Pues a que el mensaje que me han encargado transmitir dice... explícitamente... que debéis perdonarle la vida a vuestro reo.

Los fuwas no dieron crédito.

— ¿He oído bien? —dijo el fuwa jefe.
— Nuestros vigías ya avistaron hace tiempo el acercamiento a nuestros territorios de un ser ajeno al bosque, Hokum —dijo el de la casaca naranja—. Hemos elaborado planes que podrían ser interesantes para nuestra causa, y aquí es donde entra esta persona. Nuestra mitad de la Asamblea ya determinó que nos podría ser útil... ¡para el proyecto del Nuevo Orden!







lunes, 24 de junio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (VI): Huida


¡Cada lunes continúa la aventura!




Capítulo V:
https://elonirodromodehojalata.blogspot.com/2019/06/la-venganza-de-las-flores-v-la-libreria.html




6. ~ HUIDA ~

Salí de la tienda satisfecho de mí mismo. Había conseguido que Dana hiciera lo que yo quería. Sí, lo había conseguido. Ahora sólo debía robar a la gente suficiente como para comprar todos los libros que quisiera. Acostumbrado a lo que estaba en sitios como Isolacrán, no acababa de creer que alguien que diese su palabra fuese cumplirla... y, sin embargo, yo me había hartado de ver cosas sorprendentes en aquel país. Valía la pena comprobarlo. Al final decidí creerla.

Sí, Dana se había portado bien conmigo, pensé mientras me reía de ella. ¿Qué te parece? Esa loca pensaba que podía convertir el mundo en... vaya, en un sitio donde la gente hiciera un esfuerzo para que las cosas fuesen... más sencillas. Para todos.

Sí, Dana había sido buena con otra persona. Conmigo. Se había portado bien... Tan bien que no logré quitarme aquello de la cabeza.

Le empecé a dar vueltas, de hecho. Bastantes, en realidad. Creo que era la primera vez en la vida que veía a alguien hacer algo por otra persona. De manera desinteresada. Porque sí. E incluso se le había visto, en cierto modo, contenta de ayudarme.

Por lo visto, no todos los sagrárines eran tan desagradables. Y algunos como Dana no sólo tenían ideas que merecían la pena, sino que encima obraban en consecuencia. Aunque les costase un esfuerzo a cambio de nada. A Dana le había costado un poco, pero al final lo había hecho. Iba a enseñarme a leer.

Aquello me produjo una fascinación tan grande que, por primera vez en la vida, empecé a plantearme si todo lo que había dado por sentado era tan buena idea. Si Occitia era mejor que Sagrania o al revés, o si ninguna mejor que otra. ¿Había algo que cambiar en la forma de ser de un país u otro, en las personas, en mí? De repente se me descuadraron muchos esquemas, y empecé a ver las cosas de otra manera.

Me propuse comprar ese libro por mis propios medios. Sin robar ni molestar a nadie. Me acordé de lo que Dana me leyó en el libro sobre Occitia. Quería demostrarle a aquellos listos, los autores que hablaban de mi pueblo, que estaban equivocados si pensaban que de un occitiense no se puede sacar nada bueno. Sí, estaba decidido. Iba a ganarme el libro por mis propios medios. Sin mentir, sin robar, sin hacer daño a nadie.

Empecé a mendigar por las calles, y pasé los días en esquinas de la calle, pidiendo limosna. Pasé mucha hambre. Si quería ahorrar, entonces eso también significaba comer menos. Había que tener la paciencia de un dios. Poca gente me daba monedas, y mi paciencia se puso a prueba en más de una ocasión. Varios transeúntes me miraban como si fuese un vómito en medio del suelo, y otros incluso me decían cosas como:

— Sucio occitiense, tu tía te va a pagar para que ensucies la calle con tu porquería...

Las ganas de ponerle la cara del revés a más de uno y robarle lo que llevara encima empezaban a poder conmigo. Sin embargo, me contuve. Aquello era lo fácil, de eso estaba el mundo lleno. Lo que merecía la pena conseguir era luchar por la actitud de gente como Dana, aunque fuese tan poca.

Por lo menos podía apagar mi sed en los estanques de los parques. Pero comía mucho menos que de costumbre. A veces, cuando no podía más, iba al campo a cazar alguna liebre silvestre. Me costó, pero poco a poco pude ahorrar unas monedas. Iba a demostrar a todos, empezando por mí mismo, que otro mundo era posible.

Visitaba a Dana todos los días, siempre un poco más tarde de la hora de comer, cuando en su librería no había casi nadie. Aprovechaba mi tiempo libre para repasar sus enseñanzas y releer las palabras que me había escrito en trozos de papel, para que practicase. C con A hacía CA, en tanto que S más A hacían SA. CA junto a SA hacían CASA o SACA, dependiendo del orden. Y así fui practicando. Al principio me costaba horrores de tiempo, pero cada vez me planteaba un reto menor. Hasta que al final leía varios papeles en un día. A los pocos días ya practicaba en la tienda de Dana con el mismo libro sobre Occitia que había mirado antes, y que ya leía a trompicones pero a un ritmo más fluido.

— «Afe... aferrado... precariamente a las rocas... —leía en el libro siguiendo con el dedo— y trepando... torpemente... de un peñasco a otro... el salvaje occitio del de... del desierto... sabe como por instinto... encontrar el mejor sitio... desde donde acechar a sus... a  sus desprevenidas presas.»

Dana me enseñó un montón de cosas sobre su país. Me habló de los nobles de Sagrania y su familia real. Me dijo que creía en la teoría de que los nobles sabían hacer magia y que nos la ocultaban a los demás. Y que esa era la razón de que estuvieran gobernando el país. También me habló de leyendas que decían que en los bosques de Medonia, que estaban al norte, vivía toda clase de seres sobrenaturales, que asimismo eran capaces de hacer magia. Yo la escuchaba con la boca abierta. Luego le llegaba el turno a ella, que ponía unos ojos como platos al oír las cosas que contaba sobre Occitia.

Semanas después ya leía de corrido, pero seguí yendo a la librería. No sé si he tenido amigos en la vida, pero Dana fue lo más parecido que he tenido alguna vez. La iba a visitar casi todos los días. Un día me preguntó si me podría interesar encontrar algún trabajo, si tan pocas ganas tenía de regresar a Isolacrán. Yo no veía cómo podría hacerlo, pero ella me aconsejó preguntar a los mestizos, a los que habían tenido antepasados occitienses. Así tal vez, me propuso, alguno me podría poner en contacto con alguien que pudiera echarme una mano sobre cómo empezar...

Y ya me lo estuve planteando en los días siguientes. Pero entonces ocurrió un suceso que truncó de golpe toda mi esperanza de una vida normal y anodina en Sagrania.

Fue una noche en la que había estado pidiendo en una esquina, junto a una taberna. A veces iba a allí, a distraerme con las idioteces que se oían a través de sus ventanas. Además de reírme, hacía buena caja con los borrachos que salían a llevarse la fiesta a otra parte, ya a altas horas de la noche. También había que andarse con ojo. En el estado en que venían resultaba mucho más fácil hacerles morder el polvo, pero alguno se ponía agresivo y hasta violento. Sin embargo, otras veces la bebida los volvía más simpáticos, cosa que incrementaba las posibilidades de llenarme los bolsillos.

Todo iba bien hasta que oí el leve ruido de unos pasos cortos y rápidos, como el sonido de una cucaracha en la cabecera de la cama. No debía de ser algo muy grande a juzgar por el casi inexistente ruido que hacía. Cuando pasó por la zona en que llegaba la luz de la taberna vi que se trataba de un fuwa que se estaba acercando hasta la entrada. Los fuwas tenían prohibido entrar en las tabernas, igual que les estaba vetado hacer prácticamente cualquier cosa. Pero este parecía muy interesado en entrar. ¿Qué era lo que quería?

Como tantos otros fuwas que había visto en Sagrarin y otras ciudades, el animalejo que llegó saliendo de las sombras parecía una especie de flor andante sobre dos patitas, con aquellos pelos parecidos a plumeros que le salían de la cabeza y sus hojitas en la nuca. Los plumones de este eran de un suave y blanquecino color malva. Y, como en el caso de tantos otros, este también trajinaba un objeto tirando a pesado en sus endebles brazos, esos brazos con aquella piel que parecía madera cubierta de musgo. Tenía entornados los ojos azules, como si hiciera un gran esfuerzo, y abierto el pico de pato, pues jadeaba como un rinoceronte.

Lo que llevaba era una cesta llena de comida, botellas con bebida y tarros de confitura. Como tantos otros de sus congéneres, iba temeroso por la calle, no muy seguro de sí mismo. Ya los había visto yendo por la ciudad, con caras de estar aburriéndose o desplazándose como almas en pena. Pero este, además, temblaba al caminar. Parecía nervioso, casi asustado, a juzgar por cómo se recomponía la cubierta de hojas con que se vestía, se tocaba la cara verde oscura y se pasaba las manitas por los flecos de su sedoso pelo color malva. Movía las piernas deprisa, a pasos seguidos y cortos, mientras se acercaba a la puerta de la taberna deteniéndose varias veces antes de entrar.

Pero en estas que al final entró.

Al instante el ruido de la taberna subió de volumen. Fue algo extraño, una mezcla de impresiones: por un lado exclamaciones y gritos, como si hubiese entrado una cucaracha de verdad. Por el otro risas, como si el juglar del barrio y el tonto del pueblo hubiesen anunciado su compromiso matrimonial. Luego se oyeron ruidos de taburetes chocando contra el suelo, más gritos, más risas y un chirrido muy agudo y estridente.

— ¡Pera, pera, que lo tengo! —soltó una divertida voz de borracho.

Y a continuación salió el pobre fuwa del bar. No por la puerta, sino por la ventana. Aterrizó a varios metros de allí, debido a la levedad de su peso. Con las manos vacías.

Me lo quedé mirando. Como no expresan las emociones como los sagrárines y occitios, sólo puedo decir que tenía los ojos y el pico muy abiertos. Ahí siguió en el suelo, poco a poco incorporándose. Le habían dejado la túnica de hojas medio arrancada. El vino que le chorreaba hacía un charco. Y al parecer le habían arrancado varios de los flecos de su pelo malva, y algunos de los que quedaban caían ahora, poco a poco, como los pétalos de una patética rosa moribunda.

¿Qué movía a aquellos seres a servir a los sagrárines? Ya había visto cómo los trataban, por lo que me sorprendía que no se hubieran vengado de ellos o se hubieran fugado en masa hacia los bosques. Me hizo gracia la manera en que habían tirado a este por la ventana, pero ¿qué le habrían hecho dentro? Por lo visto le habían dado una paliza. Eso ya no me gustó tanto. Sé por experiencia propia, de cuando era un niño o estaba enfermo, que no tiene ninguna gracia que te machaquen cuando no te puedes defender. ¿Serás idiota, fuwa? Eso pensé, porque seguía allí plantado. ¡Vete ya! ¿No ves que pueden salir?

Y, en efecto, al cabo de un rato los teníamos en la calle. Tres hombres borrachos, dos de ellos como cubas, salieron del bar. El tercero llevaba la misma cesta que el fuwa había llevado al entrar en el bar. Ahora sólo contenía una botella. Se dirigían manotazos unos a otros y se decían cosas que, entre las risas y la borrachera, poco o nada se entendían:

— Fu pues si eso cuando... a mi casa... ya verás la zorra...
— Pero qué... ñetas hacía?
— Buah pues a mí una vez... eh, oye... —hizo uno de los tres reparando en el fuwa, que los observaba paralizado—. Oye, Fis, ¿no es eso tu fuá?
— ¿Eh? Aaaah... Claro, que le dije que esperara... ah pues... mira, fuá —le dijo al fuwa—. Oye, que ya no hace falta que te quedes... puedes irte a ca... ¡No...! ¡Eeeessspera! ¡Ven aquí!

El fuwa fue hacia su dueño. Algunos de los de su especie eran altos, otros bajitos, pero este tenía casi la misma altura que su dueño. Este lo cogió por el cuello y empezó a darle bofetadas con la mano abierta.

— Pero serás burro... la mermelada de fresa... es más roja. ¡Y esta tan lila es la de frambuesa, inútil!
— Perdone el señor... —se disculpó el fuwa con su voz aguda y estremecida—. Pero no había más existencias en la tienda. En su lugar tuve que... ¿pero qué va a hacer? ¡No! ¡Suélteme!

Pero el otro ya lo había agarrado por las hojas que crecían en su frente. El fuwa gritaba, y sus quejidos eran tan estridentes como la música de una chicharra. Presenciar aquello me produjo tanta pena, rabia y asco, que no supe qué sentir primero. Y no me refiero sólo al borracho.

— ¡Ja, ja, ja, ja! —reían los compinches de este.
— ¿Queréis dejar de armar ese escándalo? —gritó una señora asomada a una de las ventanas del edificio de enfrente.
— ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Mira esa...
— ¡Como baje yo os vais a enterar...!
— ¡Todo por tu culpa! —se enfadó de repente el dueño del fuwa, y le dio un tortazo de los fuertes con la mano abierta.

No sé si fueron las cosas que me contó Dana sobre cómo trataban a los esclavos en aquel país, pero... fui hacia ellos.

— ¡Anda, mira! —dijeron al verme—. ¡Un granate!
— ¿Quién de tus padres era el occitio, cerdito? ¿Fue tu padre o fue su hermana?
— Mira, si viene hacia aquí... quiere pelea...
— ¡Oye, tú! ¿Qué te has creído? ¡Vete a tu país antes de que...!

No me había dado cuenta hasta entonces de cuánto añoraba una buena pelea. La paz no me sentaba bien. Disfruté de lo lindo rompiéndome manos y pies en la cara de los tres, enviándolos al suelo. Eran peor que aficionados en el arte de la lucha. Y además iban borrachos. Tres presas muy fáciles, tres saquitos de boxeo. Y como se me ocurriera sacar el pico del zurrón podían despedirse. ¡Cómo disfruté! Creo que era porque se la merecían.

Pero entonces todo se complicó sobremanera al llegar un carro tirado por caballos. Alguien había llamado a la policía. Y yo ya había tenido algún problema con ellos, porque en Sagrarin ni siquiera se permite la mendicidad. Me dijeron que estaba detenido, pero no me dio la gana de entregarme. Enseguida pude comprobar que estos sí que estaban acostumbrados a pelear. Sacaron porras y cuchillos afilados bajo las capas. Me apuñalaron y todo, aunque por suerte no fue en ningún sitio mortal. Conseguí hundir el pico en la espalda de uno y lanzárselo al otro en la cabeza. Este cayó al suelo, y tras recoger el pico me fui corriendo por las calles de Sagrarin.

A la mierda el juramento, pensé en la esquina de uno de los barrios bajos, donde me recompuse como pude, escondido en una de las callejuelas. Al día siguiente vi a un tipo que llevaba una capa negra. Le ataqué y se la quité, y luego di un rodeo para llegar a la tienda de libros. Bien tapado con la capa, para que Dana no supiera que aquel era yo. Sin hacer caso de sus preguntas ni de sus alaridos entré en la librería, me llevé el libraco sobre Occitia, salí de la tienda y me fui volando de Sagrarin.

No quedaba otra que volver a Isolacrán. Pero antes, ya que había llegado hasta allí, pensé que no me haría daño comprobar una cosa.


De modo que me dirigí hacia el norte.












lunes, 17 de junio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (V): La librería

¡El lunes que viene continúa esta historia en el Oniródromo!





5. ~ LA LIBRERÍA ~

No salía de mi asombro con aquel país. Iba de pueblo en pueblo sin preocupaciones, disfrutando del viaje como nunca en la vida. Ni siquiera tenía que esforzarme por buscar comida ni agua. A la gente le bastaba con verme para decidir que era mejor darme todo lo que llevara. La túnica de piel de chacal, el pico en las manos, los ojos de ámbar y la piel granate hacían todo el trabajo. En tres semanas de viaje apenas tuve que atacar a seis personas.

Por todas partes me encontraba con lo mismo. Sitios accesibles, puertas abiertas, vallas bajas, gente pacífica. Al principio atracaba sólo a quien llevaba algún saco o zurrón. Pero poco a poco fui aprendiendo que aquellas piezas de metal redondas que también me daban, y que tan inútiles me parecían al principio, servían de hecho para intercambiarlas por comida y otras cosas. Cuando pude me compré una túnica de color crema, y en un par de ocasiones hice noche en una posada.

Gracias a la túnica nueva ya no atraía tanto las miradas de la gente. Y a medida que iba de pueblo en pueblo, y que visitaba ciudades cada vez más grandes, noté que cada vez pasaba más desapercibido, y que al final era casi como si fuera invisible. No era el único extranjero por allí. Empecé a ver gente de otras razas distintas a la pálida de los sagrárines de Sagrania, así como gente pobre o vestida de maneras más extravagantes.

Algunas de esas personas de otras razas tenían un color de piel parecido al mío, aunque más claro. Como pálidos quemados por el sol. Era como si fuesen occitios, pero sólo a medias. Se parecían un poco a la gente de Isolacrán, pero no tenían los ojos de color ámbar. E inocencia en la mirada.

Las ciudades y sus casas, parques y calles crecían a la misma velocidad que las ciudades que visitaba. Vi vehículos como carros tirados por animales que llevaban a la gente de una ciudad a otra. Preguntando a otros viajeros acabé en la capital de Sagrania, una ciudad inmensa y llena de monumentos llamada Sagrarin.

Allí todo era infinito. Calles larguísimas que no terminaban, avenidas anchas como carreteras. Casas que superaban los cuatro pisos, bloques de viviendas que tenían hasta seis. Jardines que parecían bosques, barrios como pueblos, monumentos que dejaban como enanos a los árboles más grandes. Y un castillo en el centro, el Castillo de Sagrarin, tan gigantesco y monumental que parecía que tocaba el cielo y lo ocupaba como una nube. Mirar hasta donde llegaban sus torres me dejó el pescuezo dolorido. Yo ya no quería oír hablar de regresar a Occitia.

Veía a gente ocupada en actividades de lo más dispares: talar árboles, cuidar jardines, forjar el metal, limpiar casas, cortar el pelo, pintar vallas y casas... descubrí que así era como la gente se ganaba la vida. Algunos hilaban tejidos en telares, emborrachaban o alimentaban o curaban a la gente, hacían mesas o barriles de madera... Eso último fue lo que más me impresionó. A mí, que procedo de un sitio donde ni siquiera hay árboles, me parecía poco menos que magia.

En Occitia todo se hace con tendones y huesos de animales, piedras, barro, piel, cabello y plantas del desierto. Se dice que en la Cordillera Sur sí los hay, pero ya puedes necesitar madera de verdad para ir allí. Están muy lejos, y las leyendas advierten de que ir allí es encontrar una muerte segura. Hablan de demonios que hay viviendo allí, lo que explicaría cuánta gente ha ido allí y no ha vuelto para comntarlo. Aunque también es posible que fueran el hambre y la sed lo que acabase con los aventureros.

Y entonces descubrí una cosa nueva que me llamó la atención. Una tienda que vendía artículos que no tenía ni idea de para qué podían servir. Entré allí.

El lugar estaba lleno de estanterías con bloques finos de cuero dispuestos en filas. Sólo había una persona en la tienda, de pie junto a una de las estanterías. Un hombre que tenía una de aquellas cosas en las manos. Parecía que lo había abierto, y entre las barreras de cuero de color azul pasaba con la mano telas planas y flexibles de color blanco, manchadas de arriba a abajo con símbolos parecidos a los que había visto en algunos carteles. Eran como cajas que podían abrirse y cerrarse, siempre por el mismo lado. ¿Pero qué había dentro? ¿Qué miraba el tipo aquel en esas manchas diminutas sobre fondo blanco?

Imité al hombre que estaba de pie y cogí uno de esos trastos, uno de un rojo muy claro. Lo abrí. No había nada entre sus hojas que llamara mi atención. Aquello no tenía ningún sentido... Era suave y áspero a la vez, y no olía a nada que hubiera sentido antes. No era útil para golpear, pero las esquinas de la tapa dura te podían hacer daño en la cabeza si lo usabas a mala idea. Pero no valía mucho como arma.

Lo dejé donde lo había cogido. Luego tomé otro de la misma estantería, uno de color gris, y lo abrí. Más manchitas sobre fondo blanco. Y después abrí otro de color amarillo y empecé a pasar las páginas... Y ya estaba decidido a irme de la tienda cuando descubrí que en ese libro había un occitio. Dejé caer el tomo por instinto, y di un paso atrás. Luego me di cuenta de que sólo era un dibujo. Recogí aquel objeto, y seguí pasando páginas. Vi el dibujo de una selva en blanco y negro. Pasé las páginas. Vi otro paisaje de riscos, precipicios, cañones y barrancos, muy parecido a Occitia.

Cuando me di cuenta ya había mirado las ilustraciones de unos cinco o seis libros. Mapas, animales, personas, esquemas y gráficos rudimentarios. No tenía la menos idea de qué era, pero estaba fascinado. Vi dibujos de las mismas razas que había estado viendo por la calle, como por ejemplo de esos enclenques con apariencia de plantas que los sagrárines llamaban fuwas.

¡Los fuwas! Yo ya había visto alguno por la calle. Iban casi siempre acompañados de alguna persona de raza sagrarin, que los utilizaban para llevarles cosas y hacerles recados. Había oído que trabajaban en los hogares, a cambio de alimento y de cobijo de sus amos. Pertenecían a una de tantas razas extrañas que corrían por la capital. Parecían animales, pero tenían una inteligencia casi comparable a la de los sagrárines y los occitios. Tenían la piel de un marrón parecido al dela madera, pero cubierta de una hierba con la que vivían en simbiosis, y que les daba un extraño color, como marrón verdoso. Eso les permitía camuflarse en los ambientes forestales, de los cuales por lo visto eran originarios. Tenían pico de pato, y los grandes ojos de color azul brillante que se iluminaban en la oscuridad, como si fuesen luciérnagas, no eran lo único de ellos que me llamaba la atención. También la ropa que vestían, hecha con las hojas que cosían tras recogerlas del suelo, no dejaba de parecerme pintoresca. Pero lo más llamativo de su aspecto eran... aquellos plumones de colores que salían de sus cabezas. Cada uno lo tenía de un color: verde, rojo, azul, marrón, naranja, amarillo, violeta... pero en todos aquel extraño pelo sedoso caía en todas direcciones, como las palmas de una palmera. Junto a hojas que les salían en el cuello, en la cabeza y en la nuca. El efecto total de su apariencia era el de plantas en flor que se movían solas.

Tan ensimismado estaba, contemplando los dibujos de aquellos extraños seres en el libro, que apenas reparé en el ruido de la puerta al cerrarse. Me había quedado solo.

Respiré hondo. ¿Podría llevarme algún libro de esos? No me cabrían todos en el zurrón... Y además no podría volver a aquella tienda si robaba en ella. Y los libros parecían tan interesantes... ¿qué estarían diciendo todas aquellas letras?

Seguí mirando ilustraciones. En un momento dado volví al libro amarillo de los occitienses. En los dibujos había flechas junto a explicaciones, esquemas, párrafos pequeños junto a los dibujos de gente que era como yo. Los habían dibujado como bestias agresivas con las fauces abiertas y ojos de rabia, como capaces de morder al lector en cuanto mirase hacia otro lado. Junto a los dibujos había párrafos que te explicaban vete a saber qué sobre mi gente.

Seguí pasando páginas. Vi un dibujo de occitienses en un pueblo parecido a Isolacrán. Miraban al lector como posando para que los dibujaran. El que había dibujado esto no lo había conseguido sacar más falso porque no se había entrenado. Nadie se hubiera atrevido a intentar matenerlos quietecitos para algo así. Otra ilustración ya era un poco más realista, aunque habían exagerado la expresión viciosa de los dos occitienses que mostraban peleando con piedras en la mano, como si fuesen puñales. ¡Por Anjín, pero si en Occitia nadie tira piedras a la gente que se pelea, como en el dibujo aquel! Ni mucho menos aprovechaban una pelea para robar a nadie. Somos más de quedarnos a observar hasta que caen migajas.

Vi imágenes de madres parecidas a Lávice, dibujadas atacando a niños con cara de profundo odio y piedras en las manos. ¡Qué pesados con las piedras! Además, las madres puede que peguen a sus hijos, igual que ocurre al revés, pero no con ese odio asesino grabado en los ojos. Y mucho menos con piedras. ¡Por Aspín, así puedes matarlos! Por muy acostumbrados que estemos a pelear desde la infancia esas cosas hacen daño, ¿eh? Por no hablar de las imágenes de occitios copulando en plena calle. Eso sí que ya es una mentira como un peñón de arenisca. Cómo se nota que el capullo del ilustrador no había pisado Occitia en la vida. Esa era la imagen que los extranjeros tenían de nosotros... se creen muy superiores a los demás, y no tienen ni idea de nada.

Una mezcla de sensaciones me llegó a la mente. Nostalgia, tal vez. Rabia contra los de Sagrania. Tristeza de que nos vean así, de haber vivido tanto tiempo en un país como ese... y también de que, pese a las mentiras y exageraciones, la verdad es que tampoco andaban desencaminados...

— Hola. Perdona...
— ¡AH!

Grité de pavor ante la voz que venía de atrás. Durante una fracción de segundo dudé si debía golpear a la mujer que se me había acercado. Pero me contuve justo a tiempo.

— Perdona, perdona —se disculpó—. No quería asustarte.
— ¿Quién eres?
— Soy la dueña de la librería. Me llamo Dana.
— Ah. Encantado.
— Sólo quería preguntarte si podía ayudarte en algo.
— Bueno, yo... sólo estaba mirando. Por cierto, ¿podrías decirme de qué trata este libro?
— Pues es un libro sobre Occitia.
— Sí, lo sé. Por los dibujos.
— Ah —dijo, comprendiendo—. Entonces... ¿no has aprendido a leer?
— No, no sé leer. Pero... bueno, he visto que hablaban de mí y de mi país, y... bueno, quería saber qué estaban diciendo.
— Ah, pero... ¿tú eres de Occitia?

Lo dijo en un tono que no había visto en nadie. Abría la boca y los ojos, sorprendida, pero al mismo tiempo entusiasmada. Como si hubiera encontrado a un especimen de una especie en peligro de extinción.

— Pues claro que soy de Occitia. ¿A cuántas personas has visto con el color de mi piel por aquí? ¿Y de mis ojos?
— Bueno, la verdad es que a alguno sí que he visto.
— ¿De un rojo tan fuerte como el mío? ¿Y con ojos ámbar?
— Bueno, cierto. Tanto como tú, no. Pero es que la mayoría de esas personas no son occitios de raza pura. Son descendientes de algunos de ellos, pero ya hace tiempo que se mezclaron con la población sagrarin.
— Ah... ¿y entonces qué dice el libro, más o menos?

Ella empezó a hojearlo.

— Bueno... —dijo al final—. Habla de las costumbres de vuestro país. La forma de vida que hay. Su geografía, historia, cultura y religión, así como organización social... Mira, este tema trata sobre las costumbres alimentarias... (¡alimentarias, que no alimenticias!) —añadió alzando un dedo— sobre los occitienses de la región norte... ¿tu de dónde eras?
— De Isolacrán. Por cierto, he visto un mapa antes... creo que estaba por aquí... —dije pasando las páginas—. Vale, aquí es. Pero no sé dónde puede estar mi ciudad... tiene que estar hacia el este.
— Mira —señaló con el dedo—. Aquí lo pone: Isolacrán. Esta es tu ciudad.
— Bueno, ciudad... es más bien un pueblo. Esto sí es una ciudad. Pero oye, entonces... ¿es esta la Cordillera Prohibida?
— Sí, eso pone. Y aquí tienes la ciudad de Laui... Gedesi, la capital... Isolacrán...

Pronunciaba mal los nombres. Pero no me importó.

— ¿Y aquí qué pone? —pregunté señalando el pie de imagen de la ilustración en la que había occitios peleando.
— Pues... «representación de una escena cotidiana en la ciudad occitia media; escenas como esta no son raras en Occitia, pues a veces surgen discusiones que en la mayoría de los casos se resuelven peleando». No os dejan muy bien... ¿De verdad es así la vida por allí?
— Aquí se pasan un poco, la verdad... no es exactamente así. Aunque tampoco es tan diferente.
— ¿Y eso?

Me encogí de hombros.

— Debe de ser porque las circunstancias os empujan a ello. La gente no es violenta porque sí, y Occitia es una región sin apenas vegetación ni agua. Un lugar muy yermo y seco, sin apenas recursos. ¿Cómo hacéis para no morir de sed, por cierto?
— Por las mañanas hace mucho frío. Siempre se forma algún charquito de rocío al alba. Sobre todo en las plantas del desierto.
— Entonces también tenéis que luchar contra temperaturas muy bajas...
— Y muy altas, en cuanto el sol ya está allá arriba.
— ¿Lo ves? —dijo ella chasqueando la lengua—. Es que es muy fácil quejarse y luego echar las culpas a...
— ¿A qué te refieres?
— Pues a que aquí hay muchos que dicen que los occitienses tienen lo que se merecen, que son monstruos sin escrúpulos. Pero muy pocos saben, y creo que este libro dice algo al respecto, que fueron nuestros antepasados los que confinaron a los occitienses al desierto. ¿Y allí de qué iban a vivir los vuestros? ¿De la agricultura?
— Hombre, algo de agricultura sí que hay... aunque si no tienes un arma, no...
— Pero ni de lejos la suficiente para mantener a una población que, como todas, tiene tendencia a crecer —dijo ella—. Lo que ocurre es que aquí también hay mucho racismo.
— ¿Racismo?
— Sí.
— ¿Qué es?
— Creer que la raza de uno es mejor que la de los demás.
— Ah... pues sí. Porque desde que he llegado a Sagrania la gente no ha parado de mirarme mal y de insultarme, y de llamarme «occitio de mierda»...

Ahora fue ella la que suspiró.

— Aquí hay que estar aguantando cosas como esas todo el rato. Pasa algo donde sea, y enseguida echan la culpa a alguna persona de raíces occitienses... es lo fácil. O por ejemplo muere alguien que tenía un fuwa en casa, y un buen día se lo encuentran muerto por asesinato, con puñaladas múltiples o algo así. Y lo más fácil de todo es echarle las culpas al fuwa. Pero qué casualidad que todas las víctimas hayan sido gente mala y pendenciera, a los que todos odiaban en su barrio. A veces todo esto es para desviar la atención de los culpables verdaderos. La gente siempre está dispuesta a creerse esas patrañas cuando se trata de extranjeros. Y luego, por ejemplo, la toman con hijos o nietos de occitienses que llevan toda la vida sin meterse con nadie... que han tenido que pasar por verdaderos aprietos... y que son tan sagrárines como el que más...

Suspiré.

— Ya sé a qué te refieres. Aunque, de todas formas, ojalá yo hubiera nacido aquí —le dije.
— Tampoco te crea que esto es el mejor país del mundo. Si quieres mi opinión, tu país y el mío no son tan distintos.
— Pues aquí la gente no se mata por comida. Mi país está lleno de imbéciles, te lo puedo asegurar.
— También el mío. Te sorprendería la de cosas por la que la gente se mata en todo el resto del mundo. La de guerras inútiles, y la de abusos de los que nadie...
— Pero todo está mejor montado.
— Porque contamos con recursos suficientes. Y hemos tenido que aprender a organizarnos. Mira, si por ejemplo no tuviéramos árboles, ¿cómo crees que hubiéramos podido hacer los libros?
— Ah, pero es que los libros... ¿se hacen con árboles?
— Claro. Y sin agua no hay árboles ni plantas. Así que, de entrada, sin todo eso ya hay menos comida y menos cultura. Ni transmisión de conocimientos. Y tener acceso a esto puede marcar una terrible diferencia entre permanecer en el charco de barro de una vida horrenda o evolucionar y mejorar para poder vivir más plenamente, ¿sabes? Pudiendo hacer más cosas...
— ¿Como los herreros, peluqueros, pintores y constructores que he visto en Sagrarin? ¿Quieres decir que en Occitia podríamos elegir a qué dedicarnos... si las cosas cambiaran?
— Claro que sí. Pero me parece que, tal y como está montado el mundo, hoy eso es muy difícil. Todo el mundo va a la suya. Y la gente, en todos los países, prefieren seguir con su vida y con las cosas a que están acostumbradas, antes que mover un solo dedo para ir en otra dirección. Aunque sea la correcta, y hacerlo signifique una vida mejor. Que también hay que saber qué significa eso, claro.

Me puse a pensar.

— ¿Y entonces tú qué harías? —le pregunté, curioso—. Para cambiar el mundo, digo.
— ¿Yo? Bueno, yo no soy ninguna experta en cómo van las cosas... ni en cómo se pueden cambiar. Pero diría que habría que empezar por ser un poco menos egoístas y tener más empatía por el otro.
— Y si mandaras... si tuvieras poder... ¿qué harías?
— No tengo ni idea. Pero de entrada haría que más gente quisiera aprender a leer. Porque, cuanta más ignorancia haya, más fácil será que manipulen a la gente.

Aquello me cogió por sorpresa.

— ¿Pero es que hay gente que no sabe leer? Yo creía...

Ella sonrió.

— No, no. En realidad no hay mucha gente que sepa. Y aún menos escribir. Sólo la cantidad de gente que viene a esta librería ya debería servirte para que te hicieras una idea. Sagrarin es muy grande, pero creo no hay más que once tiendas como esta. Unas diecinueve en total, si les sumas las que hay en el conjunto de Sagrania.

Me miró. Pero yo miré al suelo, mientras pensaba en sus palabras y digería todo aquello.

— Bueno... y ahora tendría que irte dejando... —dijo Dana—. Debo hacer unas cosas, y...

No me lo pensé muchos segundos:

— Oye, Dana...
— ¿Sí?
— Tú... ¿tú podrías enseñarme a leer?

Parpadeó, incrédula.

— ¿Enseñarte a leer? ¿Quién, yo?
— Sí, claro. Tú sabes leer, ¿no?
— Sí, claro. Pero...
— Pues me gustaría poder aprender. Poderme comprar libros en tu tienda, y leérmelos. Aprender cosas sobre mi propio país. Aprender sobre cosas de todo el mundo. Para cambiarlo.

Ella soltó una pequeña carcajada.

— Pero... hay sitios para eso. Hay escuelas donde enseñan a leer. Yo tengo unas cuentas y un inventario que hacer, y... tengo trabajo, ¿sabes?
— No tengo dinero para pagarme una escuela. Vivo en la calle. El dinero que gano lo necesito para vivir.

Ella se me quedó mirando. Estaba incómoda, pero al mismo tiempo vi que le había tocado la fibra sensible.

— ¿No podría volver otro día? —insistí, intentando ofrecer un aspecto lo más enternecedor posible—. No te pido milagros. Tan sólo que me enseñes a leer. Puedo volver en otro momento, si lo prefieres.

Ella no dijo nada. Pero noté que estaba luchando consigo misma. De modo que aproveché para volver a la carga:

— Tú dices que es injusto que tu raza haya negado a la mía la posibilidad de evolucionar, de llegar a convertirse en otra cosa, de salir del barro de violencia e ignorancia en el que está sumida. Que la gente es tan cerrada que prefieren que las cosas sigan como están, aunque estén mal. Pero luego tú no quieres ayudarme a aprender a leer, cuando estoy seguro de que no puede tomarte tanto tiempo. ¿Qué culpa tengo yo de ser pobre? ¿O de haber nacido en Occitia? No te estoy pidiendo el libro. Yo lo compraré en cuanto ahorre suficiente. Quiero comprarte muchos, en realidad. Pero no tendrá sentido si no aprendo a leer antes.

Me estuvo mirando a los ojos todo el rato mientras dije eso. Volvió a parpadear, y suspiró. Luego asintió:

— De acuerdo. Vuelve mañana sobre esta hora. Creo que encontraré un hueco para enseñarte un rato cada día.
— ¿De verdad?

Ella asintió de nuevo.

— De verdad —dijo.
— Muchas gracias. Entonces iré a ver si consigo ahorrar algo de dinero... aunque sea pidiendo en una esquina.

Me marché de allí y la puerta se cerró a mi espalda.