lunes, 10 de junio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (III & IV): El desierto del Oeste + El país al otro lado

¡Ya sabéis! ¡Cada lunes un capítulo nuevo de LA VENGANZA DE LAS FLORES!


EL DESIERTO DEL OESTE

Seguí adelante, hasta que a mi alrededor no había nada más que tierra seca y plantas deserteras. Debía cruzar cuanto antes aquel mar de dejadez y desolación, o moriría de hambre y sed.

Había que caminar a grandes zancadas para no pisar las piedras, que no servían para otra cosa que para doler en la planta del pie. El hedor a tierra sobrecalentada y seca me llenaba los pulmones. En la mal llamada llanura, toda abultada de montículos, las matas de hierbajos crecían aisladas unas de otras, ahora aquí, ahora allá, salpicando a capricho aquel secarral. Sin embargo, y a pesar de que las matas crecían muy alejadas unas de otras, yo en la vida había visto tanta vegetación.

Tórrido calor de día. Noches congeladas. Siempre hambre y mucha sed. Sólo el silencio y la paz del desierto me compensaban de haber abandonado Isolacrán.

Al cabo de unos días empecé a pensar que iba a morir. Llevaba días racionando el agua, y cuando se me terminó tuve que empezar a vivir de mi propia orina. La única solución era continuar: ya estaba demasiado lejos de Occitia.

Fue muy duro luchar contra aquel cansancio, aquel calor y aquel mareo, mientras yo seguía adelante, siempre adelante. Me desmayé dos veces, y ya creía que sería el fin si me ocurría lo mismo una tercera. Hasta que, al día siguiente, sucedió algo insólito.

Vi a una extraña criatura allá a lo lejos. No sabía bien qué era, y lo primero que pensé es que se trataba de una alucinación. No en vano yo ya me encontraba para el arrastre, y no era la primera vez que creía ver cosas que en realidad no estaban. Como por ejemplo insectos, tales como las cucarachas, acercándose hacia mí, y que desaparecían en cuanto volvía a mirar.

Me llevé un susto de muerte al avistarlo, porque además se me antojaba gigantesco. Desde allí me parecía un monstruo, una bestia enorme y alta sin forma, como una especie de puercoespín asimétrico que se aguantaba en pie sobre una sola pata. Pero luego comprobé que estaba quieto. Y después, al acercarme, me di cuenta de que en realidad era una planta. Una planta enorme, más alta que yo, con un tallo duro como una roca.

El primer árbol que encontré en la vida me salvó de la muerte. En él encontré unos frutos muy jugosos que calmaron mi sed y mi hambre. Me subí a las ramas; sostenían bien mi peso. No podía dejar de comer, aquella fruta era deliciosa. También proyectaba una bendita sombra en aquel suelo y en él no me quemaba con el sol. Me quedé un rato allí, comiendo y tocando las ramas, pasando las manos por el tronco. Era duro, áspero, leñoso, no como los tallos de las agripilas, que se doblan con los dedos. Cuando terminé de comer me puse a descansar a la sombra de aquel árbol. No era como los describían en las leyendas, pero no por ello parecía menos legendario. Tenía hojas planas y muy verdes, y frutos de color rosado. Sólo era el doble de alto que yo, pero no por ello resultaba menos imponente. Me comí las frutas que quedaban y me guardé algunas en el zurrón. Después, y tras una última mirada a aquel extraño ser, seguí mi camino.

Horas después encontré el segundo árbol. No tardé muchas más en ver el primer grupo de ellos. A partir de enconces ya no fue raro ver arboledas enteras. El desierto terminó, y hacía tiempo que altas hierbas y matorrales cubrían el suelo. Me encontré en un mundo desconocido, un ambiente nuevo para mí. Había árboles por doquier. Empezaba el bosque.

También me quedé anonadado con el primer riachuelo. Nada más verlo, me lancé hacia él, y tragué y tragué de aquella cristalina agua hasta quedar saciado. Después de días viviendo del agua que me daban las frutas, aquello sabía a gloria bendita de la diosa Azivi. En Isolacrán sólo bebíamos el agua embarrada y sucia de las charcas que formaba el rocío al alba, y por eso todo el mundo se solía despertar temprano. Por fin pude beber agua hasta hartarme, y después quedarme fascinado viendo cómo corría. Un agua que además estaba limpia, transparente y de la que podía ver el fondo.

Sin tener mucha idea sobre a dónde me podría llevar, decidí seguir el riachuelo, de modo que a partir de entonces ya no tuve que preocuparme más por pasar sed.

Hasta que, al cabo de unos días, me encontré con un sendero. Lo seguí. Al amanecer del día siguiente, el primer pueblo se avistaba allá a lo lejos.


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EL PAÍS AL OTRO LADO

Me había lanzado a aquel viaje a la aventura, y dejando muchas cosas por planificar. Tampoco contaba con diversos imprevistos que me fueron saliendo al paso. Entre ellos, cuánto iba a llamar la atención entre la población local.

En la primera aldea en la que entré no había demasiada gente, pero la que había no dejaba de mirarme. En aquel poblacho no debían de estar muy acostumbrados a ver a forasteros, y menos de otro país. Y ya puestos de otra raza.

Las expresiones de sorpresa que vi en los lugareños sólo debieron de tener parangón con la mía propia. Aquella gente vestía túnicas de tela de diversos colores, de un aspecto tan suave y fino que parecían a punto de rasgarse con sólo mirarlas. Vestidos de las fromas más variadas, pies con calcetines y zapatos. Tenían la cara y los brazos de una piel tan pálida que parecía de nubes. El pelo lo tenían en su mayoría negro, como nosotros, pero en muchos era castaño o rubio, y sus ojos eran de colores distintos al ámbar. Verdes, azules, negros, marrones... Por su parte, todo el mundo miraba asombrado la piel de chacal que llevaba puesta, y no quitaban el ojo a mi piel casi granate ni a mis uñas largas y afiladas. Mis ojos color miel terminaron de coronar la impresión que les debía de estar dando.

No había pensado en que llamaría la atención como un animal salvaje fuera de su jaula. No había pensado en ese tipo de cosas. Sólo tenía en la cabeza encontrar un arma, o algo que pudiera usarse como tal. Encontrar una, la que fuera y como fuera, y después salir corriendo y regresar a mi país.

Ese era el plan. Y, sin embargo, lo que vi en aquel pueblo me dejó tan asombrado que, muy a pesar mío, no logré dejar de mirar a mi alrededor como si fuera un bobo.

Todo lo que veía me parecía sorprendente. No sólo era el aspecto de la gente, sino también sus expresiones despreocupadas y desprovistas de agresividad y miedo, por lo menos hasta que me veían a mí. Pero no sólo era eso.

Había fincas, huertas y corrales en medio del campo y sin vigilancia, como si nadie fuera a robarlas. Tenían vallas de apenas metro y medio de alto. Y dentro había animales pastando a la vista de todos, o que incluso paseaban por el pueblo. Casas y granjas estaban por todas partes en los alrededores del pueblo, algunas incluso con las puertas abiertas. Las construcciones eran cuadradas y estaban pintadas de diversos colores. Por los desconchados parecían construidas con ladrillos de materiales muy resistentes. Acababan en tejados, en lugar de ser como aquellos montones de bloques de barro cocido, huecos y deformes, que tenemos en Isolacrán. También tenían ventanas de verdad, como puertas acristaladas con cortinas, en lugar de simples agujeros por donde corría el aire.

Las calles estaban adoquinadas, como si se hubieran tomado la molestia de construirles un suelo artificial. Debajo de aquellas piedras debía de estar la tierra, que salvo en la zona adoquinada hervía de vegetación, y de verde fresco y reluciente. Vi asimismo parques con parterres de flores vistosas, y hierba y jardines con estatuas y fuentes. Y hasta un estanque en medio. Las flores eran preciosas, y hasta los insectos tenían una belleza especial, como algunos de colores que más tarde aprendí que se llamaban abejas y mariposas. Nunca había visto nada igual. Todo aquello me distrajo de la principal razón por la que había ido a un sitio como aquel. Olvidé toda violencia, y en más de una ocasión miré alrededor como esperando que alguien hubiera aprovechado mi distracción para saltarme encima. Pero no ocurría nada. Aquel lugar era un oasis de calma, paz y tranquilidad. Me sentía como si estuviera en otro mundo, y de hecho en cierto modo era verdad.

Pronto descubrí que no tenía nada que temer en aquel sitio. Nadie me acechaba para robarme, ni atacarme, ni tan siquiera evaluar mis posibilidades de éxito en una pelea. Al contrario, tendían a alejarse de mí, con discreción y sin perderme de vista, como si esperaran que fuera yo el que fuese a saltarles encima.

No sé decir cuánto tiempo estuve andando de aquí para allá, boquiabierto con lo que veía.

Hasta que, de pronto, la visión de unas azadas y rastrillos inclinados contra la pared de una masía devolvieron a mi mente lo que había ido a hacer allí.

Tuve que parpadear varias veces. No podía creerlo: ¡Un rastrillo, un pico, una pala y una azada medio oxidadas al aire libre, al alcance de cualquiera! ¡A la vista de todo el mundo! Estaban apoyados en la pared de una casa, tras una valla de madera que separaba el jardín de la calle. Con la puerta abierta a un tiro de piedra de donde estaban.

Miré las herramientas de campo. Armas a la vista de todo el mundo, afilados instrumentos de muerte expuestos y accesibles a todo aquel que quisiera robarlas. Hacer algo así en Occitia era poco menos que firmar una sentencia de la propia muerte. Por aquel entonces yo no podía verlos como útiles o herramientas con otro uso que clavarse en carne ajena. No reparé en que acaso tuvieran otro uso, no sabía para qué servían en realidad, ni siquiera sabía cómo se llamaban.

Muy nervioso, miré alrededor relamiéndome. Al fin y al cabo, no había venido a hacer amigos. Ese concepto, como el de hacer turismo, ni siquiera existe en mi país.

No había nadie en la finca, nadie vigilaba aquellas herramientas. Miré alrededor otra vez, pero la gente no parecía encontrar ningún interés en esos objetos. Si había algo a lo que estuvieran más preocupados de no perder de vista, ese era yo.

Y entonces, como si acabara de verlo, en la misma finca se avistaba una abertura tapada por una red de alambres. Dentro, en una estancia en penumbra, se veían varias aves de corral. Gallinas que iban de un lado a otro, picoteando por el suelo.

No me lo pensé. Rodeé la valla de la finca hasta pasar al otro lado, donde los arbustos me podían ocultar. Allí terminaba el pueblo, ya no había nadie más atrás. A continuación no me fue difícil, con la destreza y el la experiencia que traía desde Occitia, saber cómo y cuándo actuar. Creo que hasta había desarrollado una especie de sexto sentido para saber cuándo no miraba nadie.

Salté la valla aprisa. Fui directo a la pared. Llegué a las herramientas, sin explicarme cómo las podían haber dejado allí sin vigilancia. ¿Dónde estaba la trampa? Pero no me ocurrió nada... cogí la más contundente, que más tarde descubrí que se llamaba pico. Tras volver a mirar por todas partes, me dirigí al corral donde guardaban a las aves.

El cacareo se oyó más fuerte a medida que abrí la red de alambres a golpes de pico y a patadas. Me metí en el gallinero. No entraba mucha luz allí, así que sentí sobre todo el cacareo de las aves y la suciedad del suelo en las plantas de los pies, que estaba cubierto de una mezcla de barro, paja y excrementos.

Una vez a solas con las aves abrí el saco y empecé a llenarlo a contrarreloj mientras miraba alrededor. Plumas, cacareos huevos haciéndose añicos... Metí en el zurrón gallina tras gallina, nervioso como no lo había estado en años. ¡Un arma y comida para días, todo de una vez! Respiré hondo mientras en el saco las gallinas peleaban por salir. Y ya iba a huir de allí como una flecha con el pico en brazos, cuando se me heló la sangre al parecerme haber sentido la presencia de un lugareño. No, no me lo había imaginado. Lo había oído con la claridad del diente de un chacal. Era un ruido de pasos que se acercaban. A continuación, una figura oscura se formó en la puerta, proyectando una sombra que tapaba la pared del fondo.

— ¡Eh! —gritó alguien—. ¿Quién hay ahí? ¿Qué les haces a las gallinas...? ¡Sal de mi puto corral enseguida, o te atravieso con la horca!

Muy a pesar mío, y del susto que me había llevado, tuve que aguantar por un segundo las ganas de reír. ¿Cómo podía amenazarme alguien con aquel acento tan ridículo? Pero entonces era cierto lo que había oído. En el país de Sagrania se habla el mismo idioma que en Occitia. Pero ellos de una forma rara, todo hay que decirlo.

— ¿Quién cojones eres tú? —gritó avanzando con una horca quew agarraba con ambas manos—. ¿Qué coño haces en mi gallinero? ¡Que salgas, hostia! ¡Sal de ahí antes de que te atraviese!

— Perdona por meterme donde no me llaman —respondí prudente, pues pensaba que tal vez aquella raza fuese más fuerte de lo que aparentaba—. Pero es que he oído cacarear a las gallinas y me ha parecido ver a alguien que merodeaba por...

— ¿Pero tú de dónde...? ¡Te voy a enseñar a meterte en casa ajena, occitiense de mierda!

No pensé en que él también me calaría por mi acento. Ni tampoco sabía que tuvieran tanta rabia a los que son como yo. Arremetió contra mí sin más, con la horca por delante, con aquellos tres enormes pinchos de hierro afilados como espinas de cactus que brillaban en medio de la oscuridad. Esquivé el ataque de milagro y caí al suelo, resbalando con el sucio suelo del corral. Las gallinas cayeron del saco, y corrieron por el gallinero haciendo co co co. Pero el pico seguía en mis manos, pues por nada del mundo pensaba soltarlo. De entre las sombras me puse en pie y fui a la salida. Pero el tipo de la horca se puso en medio, bloqueándome el paso. Con la horca por delante. Me giré hacia él.

— ¡Tú no te vas de aquí, occitio asqueroso! ¡No te vas de aquí! ¡Vas a desear haberte quedado en tu país de mierda!

Co, co, co, las aves no paraban de cacarear. Como esto siguiera así mucho rato acabaría viniendo medio pueblo...

Volvió a embestir. Pero esta vez ya estaba preparado. Además, me había hecho una idea muy clara del estado físico de mi atacante, que además tenía ya una edad. Esquivé la horca una segunda vez, y la tercera no llegó. Se notaba que aquel tipo no había tenido que pelear en la vida. Al primer golpe que le asesté cayó redondo. La sensación de notar la hoja de metal del pico hundiéndose en aquella frente fue indescriptible. Y el tipo cayó redondo en aquel suelo lleno de mugre. Un hilo de sangre le empezó a brotar entre unos ojos que tenía en blanco y empezó a formar un charco.

Respirando muy nervioso, miré alrededor. Silencio. Nadie nos había oído.

Volví a llenar el saco de gallinas, huí del corral y escapé de la finca. Salí corriendo de aquel pueblo con el pico entre las manos, esquivando las miradas de la gente con que me topé. Corrí a refugiarme al bosque. Desde allí oí, al cabo de unos minutos, los primeros gritos de pena, miedo, rabia y odio que venían del pueblo. Juraban por dioses de nombres muy ridículos que me sacarían la piel a tiras como me pillaran algún día. Oí cosas como «sucio occitiense» y «os vamos a matar a todos». Y que iban a venir a nuestra mierda de país a quemarlo entero y arrancaros a tiras esa piel marrana. ¡Cómo me reí! Estaba muy contento. Una vez a salvo, de vuelta en lo más profundo del monte, dejé el saco a un lado. Maté a las gallinas a golpes de pico, desplumé a una de ellas y tenía tanta hambre que me la comí entera. Cruda, sí, porque en aquel entonces ni siquiera asaba la carne.

Ahora disponía de un arma espléndida. Pesaba un poco para mi gusto, pero me permitiría ser el rey de la calle. Ya no debía preocuparme por la falta de colmillos, y había comido como el dios Galanf. En cuanto volviera a Occitia podría tener lo que quisiera. Aunque de momento yo lo que quería era voivir tranquilo.

Y aquel país era genial. Todo era muy interesante allí. Y si a partir de entonces iba a comer de esa manera cada día, entonces ya estaba todo resuelto... Además yo no tenía miedo de la gente, mientras que ellos sí me temían a mí. Sin duda aquel era el país de la prosperidad. Y de los tontos. Ya hay que serlo para dejar que te roben de esa manera...

Aunque ahora pienso que si hay algún país de tontos en el mundo es Occitia. Pero no me hubiera dado cuenta de ello si, al verme solo y tranquilo en medio del bosque, no se me hubiera ocurrido que tal vez quisiera ver un poco más de aquel nuevo país de maravillas cuyo nombre era Sagrania.

Tampoco me apetecía mucho volver a Occitia, al menos de momento, y la perspectiva de atravesar de nuevo el desierto y pasar hambre, frío, sed y calor me daba cien patadas.

Y si hubiera vuelto a Occitia, además, nunca habría tenido la oportunidad de aprender a hacer magia.







lunes, 3 de junio de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (II): La despedida






LA DESPEDIDA

Una vez terminé de hacer el equipaje, miré mi habitación por última vez. Sabía que no tardaría mucho en ocuparla alguno de los mendigos de Isolacrán, así que ya podía despedirme de ella. Pero daba igual, no iba a echar de menos a aquel churro de casa construido con bloques de barro cocido. Y además estaba resuelto a irme. Pedí protección y valor a Anjín, y furia a Aspín, y luego salí a la calle. Pero nada más cruzar la esquina me encontré con Lávice.

No la vi de frente. Fue ella la que se me acercó por detrás, con un sigilo que mi oído aún captar demasiado tarde. Antes de que pudiera ponerme en guardia me agarró desde atrás, y sentí sus afiladas uñas clavándose en mi pecho y en mi vientre. Supe que era ella antes de moverme, pero no me dejó ir. Entonces noté el calor de sus labios en mi cuello, el aire aspirado por su nariz detrás de mi oreja y el susurro aspirado de aquella serpiente:

— ¿A dónde vas con eso?

Sabía cómo tratarla. De un codazo pude poner unos cuantos palmos entre ella y yo, pero Lávice era demasiado rápida. Consiguió que no me alejara demasiado, agarrándome del antebrazo. Intenté liberarme, pero me tenía bien sujeto. La miré a los ojos, aquellos ojos color miel. En aquel rostro de piel roja, facciones afiladas y dientes podridos.

— ¿Eso es un saco? —inquirió—. No te irás del pueblo, ¿no?
— Y a donde me dé la gana —dije volviendo a estirar el brazo para liberarme, sin éxito.

En sus ojos no vi cambio alguno. No estaba ofendida. Al contrario, parecía que estuviera disfrutando. Tenía un brillo en la mirada, y reía divertida mientras me miraba.

— ¿Por qué no vienes a casa?
— Porque no me da la gana. Además, hoy no estoy para tonterías.
— Eso es verdad. Parece que has tenido una pelea. Anda, ¿por qué no te vienes? Seguro que te puedo curar de alguna forma y...
— ¡Que te he dicho que no?
— Unos mimos no hacen daño a nadie... —insistió entornando los ojos.

¿Mimos? Pues serán los de otra, porque los de ella...

— Ni harto de safana —dije intentando zafarme de su agarre—. Me largo ahora mismo. ¡Que me dejes, zorra! —grité al ver que no me soltaba—. ¡Me haces daño!

Eso también era verdad. Aún recuerdo aquellas uñarras sucias, y tan afiladas como su nariz.

— No hasta que me digas a dónde vas —dijo.
— De excursión. Y ahora suéltame, antes de que te parta la cara.
— ¿Tú te crees que soy idiota? Quieres irte lejos. Pero no te dejaré.

No sé ni por qué me molesté en mentirle. Allí es casi tan natural como el hablar. Se abusa tanto de ello que nadie espera oírle la verdad a nadie. Y aunque se dijera también sería inútil, porque nadie hace caso de los demás. Para acabar de empeorarlo, Lávice era muy agresiva, y aquellos días tenía una obsesión conmigo que no había forma de quitarle. Solía perseguirme, y aquel día estaba decidida a no dejarme escapar.

— Échame otro polvo —insistió—. Aprovecha ahora, venga. Rescel no está en casa.
— ¿Y tus hijos?

Aquellos monstruos. A veces me he distraído viéndolos matarse entre ellos, mientras miraba sus caras y jugaba a adivinar quién podría ser el padre. De cada uno, porque puede que de alguno el padre sea yo. No deja de parecerme hipócrita que los maridos se pongan como fieras ante cosas como estas. No van a lograr que cambie nada, y lo que hacen ellos no tiene nada que envidiar a lo que hacen sus esposas.

De modo que los críos de Lávice eran mi última esperanza.

— ¿Mis hijos? —repitió—. ¿Qué pasa con mis hijos?
— ¿No están en casa?
— Los envío lejos con cualquier excusa. Que se vayan a otro lado a molestar.
— ¿Y no te importa qué harán solos por la calle? ¿No te preocup...?

La pregunta no era más estúpida porque no me había dado tiempo de ensayar otra más tonta. Lávice puso punto y final al paripé. Se me tiró encima sin más, besándome en la boca, lamiéndome la cara, arañándome la espalda, mordiéndome el cuello... jadeaba como una hiena en celo. En lo que dura un parpadeo capté la imagen de cierta gente de la calle que nos miraba y sonreía. Imbéciles... Dudé por unos segundos antes de reaccionar, porque a una parte de mí siempre le encanta que Lávice haga eso... pero tenía que sacármela de encima. Y por un momento me dejé hacer, hasta que vi las estrellas. Grité de dolor encuanto me mordió en el cuello, con todas sus fuerzas. Ya era suficiente. Y aquel día más que demasiado.

Le di un mamporro en la nariz tan fuerte que cayó redonda al suelo, mirando hacia abajo. Traía un goteo de sangre tan profuso que enseguida formó un charco. Como por instinto me puse en guardia, dispuesto a protegerme o a salir corriendo. Pero aquella vez ni siquiera levantó la mirada. Había recibido el tipo de golpes que me reservo para cuando de verdad, en serio, por los dioses que no me apetece que me molesten. Había que ser duro, sobre todo con ella, porque si no le daba de manera contundente me arriesgaba a que nos peleáramos allí, en medio de la calle. Y entonces una de dos: o la lucha se alargaba hasta quedar hechos papilla, y se iba cada uno por su lado, o acabábamos follando.

Pero ese día yo no estaba para tonterías. Además pensé que aquel iba a ser el último tortazo que le daba en mucho tiempo. Debía aprovechar para despedirme bien de ella mientras estuviese fuera.

Antes de que Lávice reaccionara, di media vuelta y me marché.

Por última vez hasta ahora anduve por las terrosas calles de Isolacrán, siempre hacia oriente. Isolacrán, que en aquel entonces era grande para mí, se terminó al cabo de unos minutos. Yo no dejaba de mirar hacia atrás mientras seguía caminando. Pero no lo hacía por nostalgia, sino por miedo a que Lávice me persiguiera calle abajo. No sería la primera vez.

La tierra rojiza, tanto como la piel de los que la habitaban, llegaba al horizonte. Los caminos que seguí en la tierra plana los evité en las zonas de macizos rocosos, porque temía menos a los chacales que a los bandidos que se ocultaban entre las peñas. Durante días no vi otra cosa que yermos y puebluchos, donde robaba algo de comer para luego refugiarme lejos, en el desierto. Me exponía a los chacales, pero era más seguro que estar cerca de personas.

En el pozo junto al que habían contruido la última aldea me harté de beber agua y llené la botella del tapón de corcho. Esperé a que se pusiera el sol, y empecé a cruzar el gran desierto que separaba Occitia del resto de países. Al otro lado estaba lo desconocido, los sitios de los que sólo habíamos oído leyendas. Lugares poco o nada acostumbrados a pasar hambre, y de cuya gente se decía que no peleaba. Ese país, que entonces se llamaba Sagrania, aguardaba con la esperanza de tener un arma para mí. Un arma que esperaba que me guardase las espaldas para cuando estuviera de vuelta. Pronto alguien me quitaría la casa, pero si volvía con un arma, podría echar de cualquier sitio a quien me diera la gana.

Entré en el desierto, muy decidido. Más allá no encontraría casas. Era un mar de tierra y de hierbajos que iban mucho más allá de donde alcanzaba la vista.

Hasta la fecha no he vuelto a añorar Isolacrán ni Occitia. Tampoco a la gente, ni el blanco de cal de las casas, ni aquellos paisajes desérticos de tierra roja, tierra amarilla, peñas y peñascos. Ni a las pocas plantas que hay, que da pena verlas. Antes al contrario: en los meses en que he puesto tierra de por medio me he ido preguntando, cada vez más, cómo he vivido treinta años en aquella porquería de país.








lunes, 27 de mayo de 2019

LA VENGANZA DE LAS FLORES (I): La decisión



La venganza de las flores es una nueva novela escrita por Ego Revenio que, a diferencia de El descontrol, consideramos mucho más adecuada al blog del Oniródromo por su relación estrecha con el mundo de Momeria. Procederemos, pues, a publicarla por entregas en nuestro blog, con la periocidad regular de un capítulo por la semana (uno cada lunes).

A continuación mostramos el primer capítulo:


 — LA DECISIÓN 

Vengo de un país donde se oyen más mentiras que verdades. Tanto es así que allí no ayuda asegurar que uno está diciendo la verdad para que los demás la crean.

Sin embargo, la Asamblea Forestal no se equivoca nunca. La historia de cómo llegó a conquistarlo todo para hacer del mundo un lugar mejor merece una buena historia.

Creo que todo empezó en aquella porquería de lugar llamado Isolacrán. Ahora que vuelvo la vista atrás, el motivo por el que abandoné mi ciudad natal me parece increíble. Con la de razones importantes que tenía para irme de allí... ¿de verdad lo hice por algo tan estúpido como encontrar un arma? ¿O viajar un poco? No deja de tener su gracia...

Mientras me toco la barbilla con la mano me doy cuenta de que sí, que esa es la verdad. Para mí, debéis saber, no había nada más importante por aquel entonces. Porque, en el país de Occitia, un arma puede suponer la diferencia entre llevar una buena vida o sucumbir a una mala muerte. La vida que llevaba allí, antes de escapar al extranjero, era lamentable, aunque entonces mi mayor problema no era otra cosa que saber si comería al día siguiente.

Sí, llevaba tiempo diciéndome que necesitaba un arma. Y que en el extranjero habría posibilidades de encontrar alguna sin tener que jugarme la vida. No me decidía, sin embargo, a dar el paso. También tenía ganas de cambiar de aires por un tiempo. Pero huir al extranjero en busca de un futuro incierto no es algo que se pueda plantear de hoy para mañana, aunque sea por escapar de un sitio como Occitia. Antes de salir de su frontera, por ejemplo, había que franquear un gran desierto, del que no sabía si saldría vivo.

Pero entonces sucedió algo que me hizo decidirme a abandonar Isolacrán el mismo día.

Creo que fue el día que... sí, fue la tarde en que se me cayó el tercer colmillo.

Ocurrió poco después de que me hubieran robado la cesta de fruta que tenía en casa, mientras dormía la siesta. Recuerdo que, al despertarme y darme cuenta, monté en cólera. Enseguida salí a la calle hecho una fiera, jurando por Anjín y por mis cicatrices que en cuanto encontrase al desgraciado le arrancaría los ojos.

Corrí furioso por las calles levantando polvo y tierra, porque en ese yermo que se hace pasar por país no hay calles adoquinadas en ninguno de sus poblachos, ni tan siquiera hierba. Iba preguntando a gritos por mi cesta a quien fuera que me sostuviera la mirada. Entretanto soltaba tacos y pisaba el suelo con fuerza, como si quisiera hacerle daño.

Tras unos minutos de búsqueda, yo ya no esperaba encontrar al ladrón. No sé si en realidad lo que quería era descargar mi rabia, hacer algo que me cansara, correr... Pero al final, no muy lejos de una mata de espinos en uno de los descampados, encontré a un grupo de tres adolescentes que comían fruta de mi cesta. Los muy palurdos la miraban como si fuese diamante, porque nunca habían visto nada parecido. Pero la cesta la había hecho yo, y mi trabajo me costó, a partir de una planta del desierto parecida a la que ellos tenían al lado. Una... bueno, sí, a falta de una palabra mejor era una planta... que consiste sólo en tallos negros y espinas afiladas. Cuando recordé lo que me había costado arrancarle los pinchos y trenzar los tallos, la rabia me quemó la sangre.

Hacer algo en Occitia sin pensar le puede salir caro a uno, pero no hacerlo se puede llegar a pagar con la vida. Y yo no sabía cuándo iba a ser la siguiente vez que comería. Me abalancé sobre ellos sin más, saltando como un chacal. Mordí brazos y piernas como si fuera a devorarlos. Arañé como si quisiera dejarme allí las uñas. Golpeé y coceé con todas mis fuerzas, descontrolado, soltando los tacos más soeces que sabía. Conseguí ponerles en fuga y recuperar la cesta. Pero a costa de un precio muy caro. Entre los varios moratones y heridas vi, en un charco de sangre en el suelo, uno de los dos colmillos que solían quedarme. Ahora ya sólo tenía uno en el que confiar.

Me dolía todo una barbaridad. No sé cómo pude ponerme en pie y volver a casa después del vapuleo. Pero el miedo a las miradas que me echaban los vecinos, que cada vez eran más, terminó de hacer su trabajo. Al primer ruido de pasos que se acercó demasiado me decidí por fin. Alguien soltó una risotada. Saqué fuerzas de flaqueza, me levanté y volví a casa cojeando.

Sin embargo había hecho bien. Estaba en juego que pensaran que robarme sale gratis, y en Occitia eso nadie se lo puede permitir. Había hecho bien. O al menos eso me repetí mil veces, intentando convencerme. Del contenido de la cesta, sólo la mitad estaba intacta. Me lo fui comiendo por el camino, antes de que fuera demasiado tarde. Porque además, de entrada, un artículo hecho de madera llama demasiado la atención.

— ¿Y vosotras qué miráis? —lancé a dos muchachas que me crucé.

Me estaban sonriendo con malicia. Debía de ser por el aspecto que ofrecía, y lo más probable es que hubieran visto la pelea. Primero reforcé el agarre de mi cesta. Luego se me ocurrió que tal vez les gustaba. A las mujeres occitias no se las impresiona siendo amable, eso está claro. Pero aquel día ya no estaba para tonterías. Fue ahí cuando tomé mi decisión. Iba a irme al extranjero aquella misma tarde.

Tardaría un poco en estar de vuelta, pero con algo contundente podría hacerme respetar aún a falta de colmillos. No quería un cuchillo o una espada para formar y proteger un negocio o dominio, como hacen algunos, ni para obligar a nadie a asociarse conmigo en la empresa que fuera. Yo sencillamente pensé que, si volvía con un arma, nadie se atrevería a molestarme. O al menos eso era lo que creía yo.

Conseguir un arma blanca en una ciudad es rápido y simple, pero requiere de paciencia. También hay que contar con un pedrusco como mínimo, así como con la habilidad de encontrar el momento adecuado... y una fuerza, rapidez y ganas de jugarse el pellejo que yo no tenía.

Pero había oído que en el extranjero era todo muy distinto. El desierto que nos separaba del resto de países ya no me aterraba, y pensé que merecía la pena intentar atravesarlo. Por lo menos estaría tranquilo por un tiempo alejándome del resto de aquella gentuza. De modo que terminé de decidirme. Iba a prepararme para partir de allí el mismo día, con la idea de marchar hacia el este en busca de armas.

En casa tenía un gran zurrón de piel de chacal, con asas para llevar a la espalda. Busqué de qué llenarlo, pero no había gran cosa. La cesta iba a llevármela aunque estuviera vacía, porque allí era poco menos que un objeto de valor. Puse también la túnica de piel que tenía de repuesto y una botella de barro cocido, que llenaría cada mañana con el agua de las charcas del rocío.

La botella estaba tapada con tapón de corcho. No tuve que sacudir demasiado al viejo solitario al que se la robé, que vivía en una casa de piedra en medio del desierto, para que me dijera de dónde lo había sacado. Y no creí su respuesta, como es natural. Pero encima es que se quedó a gusto. ¿Cómo iba a creerme que había estado en la Cordillera Sur? Sin embargo me divertí oyendo su relato, que incluía desafiar la prohibición divina de llegar a las montañas, y una huida por los pelos de los monstruos que algunos dicen que las habitan. Y además me reí mucho cuando dijo que había extraído el corcho de la corteza de un árbol. Deliraba, el pobre, pero no consiguió asustarme. El tapón lo habría robado a un extranjero. Ahí se quedó, gimiendo como un perro tirado por el suelo, y soltando tacos de otro siglo que me hicieron reír más.






jueves, 16 de agosto de 2018

Los Grandes Magos del pasado

Grande es la gloria de los grandes magos que poblaron Momeria en sus diversas épocas, desde los tiempos más alejados e inmemoriales. Tanto que incluso en la época actual se recuerdan las leyendas protagonizadas por algunos. Unos eran nobles y de buen corazón, y utilizaron su influencia para el buen gobierno y devenir del mundo: virtuosos monarcas, manos invisibles que ayudaban a los justos, consejeros de reyes... en tanto que otros utilizaban la magia para su provecho personal o para castigar, o peor aún, para hacer sufrir; llegando unos cuantos a ensañarse o a sobrepasarse largamente en su crueldad, sobre todo en tiempos de odio motivado por la guerra...

Aun a costa de indecible sufrimiento ajeno, algunos se procuraron un sitio en la historia con las más variadas motivaciones: lograr un gran poder... crear un gran legado... o simplemente ser recordados. 

En su camino hacia las leyendas, algunos llegaron a actos que no pocos califican de históricas perversidades, de esas que uno desearía no haber escuchado... o que al menos daban ganas de rogar a los dioses porque aquellas fuesen más leyenda que verdad.

martes, 24 de julio de 2018

Crueldad de los tiempos pasados

Las tierras de Momeria han visto períodos de paz y períodos de guerra, al intentar conquistar un país a otro o ver un conflicto civil o revuelta interna. A lo largo de la historia ocurrió que, en ocasiones, un rey muy poderoso emprendía campañas de conquista en tierras extrañas. Con resultados diversos, desde hacerse con el control de territorios colindantes o conseguir, por un período de tiempo más o menos largo, dominar el mundo. Según aseguran los antiguos escritos, usando la magia de la que sólo ellos tenían el monopolio.

Pero en cierta época, concretamente tras la muerte de un poderoso y siniestro señor que consiguió conquistar el mundo entero, fue toda Momeria la que se vio sumida en el peor de los desastres por la codicia de los autoproclamados reyes herederos de aquel imperio. Un conflicto armado  tuvo a todos los países trabando complicadas alianzas y luchando entre sí por la configuración del nuevo orden mundial que resultaría del vacío de poder dejado por aquel oscuro dueño de todo. 

Las continuas guerras entre los diversos reinos se recrudecían a cada año que pasaba, pero no parecían encontrar fin. Los estragos de la guerra amenazaban a la población, que se vio diezmada durante más de dos siglos entre hambrunas, asesinatos y los excesos que los despiadados ejércitos regulares, paramilitares y guerrillas cometían contra ella, que se vio en medio de la lucha entre los diversos países aniquilándose entre sí... Los odios producidos entre países y la magia negra usada para hacer daño al enemigo no se detuvieron con el fin de las hostilidades formales, porque muchas naciones habían sido sojuzgadas por otras y muchas clases dominantes habían afianzado su poder de manera cruel contra la población de sus dominios.

La serie de guerras fue tan larga y cruda que diversos magos, si nos atenemos a lo que dicen las crónicas históricas, se alzaron con su magia ya no para conquistar el mundo como hacían los nobles, sino para castigar la sed de poder. Se enfrentaron a los nobles y crearon temidas órdenes secretas paralelas al poder, apoyadas por amplias capas sociales, que resultaron ser tan crueles con sus verdugos como estos habían sido contra la población.

Este conflicto a escala mundial se prolongó dos siglos y medio. Pero la naturaleza, las fuerzas y los dioses en los que creían los merimoenses pasaron factura a todos aquellos años de irresponsables actos de barbarie. Fue tal el sufrimiento de la naturaleza y de la población, fue tal el mal producido, fue tal el abuso de la magia negra y del poder, que las fuerzas se descompensaron, y el devenir dio frutos que ningún noble ni mago pudo esperarse... un resultado terrible, un monstruo horrendo que amenazó con destruir el mundo... pero es lo que ocurre cuando se abusa de la magia y de las fuerzas... que se vuelven contra todo y contra todos con la misma falta de piedad que quien ha sembrado vientos, pues el mal sólo engendra más mal.





lunes, 23 de julio de 2018

Oniródromo

Oniródromo 

(del griego ὄνειρος, ensueño, y de δρόμος, pista de carreras)

Lugar donde dejar volar los sueños y la imaginación.

Lugar donde dejar que las hadas, los duendes y muchos otros seres convivan con largas tradiciones de magia blanca, negra y de todos los colores y mezclas de colores posibles e imposibles, habidos y por haber.

Lugar donde realidad se mezcla con fantasía, se saca lo fantástico de lo más real y lo más real de lo fantástico.

Lugar donde hablar del mundo de Momeria, donde ocurren estas y más cosas. No en vano, allí la magia flota en el ambiente, aunque los seres que la habitan en la actualidad hayan perdido desde hace tiempo su capacidad para captarla y para usarla.

¿Por qué sucedió esto? Se dice que en cierto momento de su pasado algo ocurrió que hizo que las clases dirigentes, que eran las únicas a las que estaba reservado el arte de la magia, renunciaran a ella por fin. A partir de entonces, los escritos y vestigios históricos dejaron de nombrarla, se dejó de tener constancia de ella y el tiempo hizo el resto. Al cabo de unas décadas murieron quienes la habían visto, al cabo de unos siglos quienes conocieron a los que aseguraron haberla visto... hasta que en la actualidad ya casi nadie cree en ella en Momeria, y quien lo hace es porque quiere creer. 

La magia, como la era dorada de los héroes y los dioses, desapareció en el imaginario colectivo.

Pero eso no son más que fantasías muy reales para tratar de explicar los sucesos raros e inexplicables que en Momeria aún suceden de vez en cuando... como esta extraña persona que algunos ciudadanos aseguran haber visto a veces en medio de la calle... todas las declaraciones de testigos coinciden en que es un chico joven con muy malas pulgas, que siempre va con prisas a hacer nadie sabe qué y pidiendo que no se le moleste. Que al parecer se ha hecho algo en las orejas para que parezcan más puntiagudas, como si fuese un elfo... o algo así, pero en todo caso un ser sobre los que los momerios sólo han oído hablar en los cuentos...




martes, 17 de julio de 2018

La gente de la luna

En una ocasión hace unos pocos años, el periodista Banil Denek, que trabajaba en el ámbito de la divulgación científica de la Agencia de Noticias de Momeria, tuvo la oportunidad de entrevistar al astrónomo Aram Doro al respecto de las últimas investigaciones en materia de investigación lunar.

Tras los primeros cambios de impresiones y una vez respondidas a las preguntas más concernientes a lo académico, lo científico y lo práctico, Banil y Doro pasaron a una siguiente fase más proclive a aspectos mundanos, distendidos e informales. Hablando del único satélite natural de Momeria en el ámbito de lo cultural, en cierto momento trataron sobre ciertas creencias ancladas en el subconsciente colectivo de Momeria. En un momento dado, el entrevistador formuló la siguiente pregunta:


¿A qué se deben todas esas historias? —preguntó Banil—. En la actualidad aún nos divierte contar que, en las noches de luna llena, algunos de los más antiguos pobladores de Momeria corrieran a apelotonar sus más preciadas posesiones en un fardo, sobre todo en noches de mucho viento, temerosos de que la luna les cayera encima desde lo alto del cielo y hubieran de abandonar su aldea.

Bueno, cada cultura expresa sus ideas a su manera, con unas u otras creencias —explicó el doctor Doro—. Y con ello su visión del mundo, y también sus fantasmas colectivos. El imaginario en lo concerniente a la luna lo han ido forjando los diversos pueblos y países de Momeria a lo largo de siglos, fascinados durante generaciones con esa bola de piedra que, inexplicablemente, volaba por encima de sus cabezas sin caer sobre los campos o ciudades, ni aún en las noches en las que soplaba un viento huracanado. Pero también hay otra creencia, menos conocida, acerca de gigantes invisibles moldeando una luna que pegaban al cielo y que ciertas tribus primitivas creían de arcilla. Así explicaban las fases del ciclo lunar. Porque claro, debió de fascinarles el hecho de que una cosa tan grande y lejana menguara y creciera... y dieron las respuestas que tenían a su alcance. Pero en fin, antes de llegar al culmen de las hipótesis demostradas empíricamente por la ciencia, el mito es el primer paso hacia el conocimiento, antes de pasar por la filosofía.

Doctor Doro, nos quedan pocas preguntas ya para finalizar. Así que... ya en un tono algo más desenfadado... usted y su equipo han sido de los primeros privilegiados en ver la superficie lunar tal y como es. ¿Debo entender, entonces, que encontraron habitantes en la luna?

Sí... estaban saludando desde los jardines de sus casas, mientras les decían a sus niños «saludad, chicos, nos vienen a ver desde Momeria» (risas). No, en la actualidad quien más quien menos todo el mundo tiene claro que las antiguas historias sobre gente viviendo en la luna son falsas. Es imposible vivir allí. Lo que desde aquí parece un recodo de tranquilidad en medio de una plácida noche, o una tenue luz que ilumina el campo románticamente... pues nada más lejos de la realidad al llegar allí. De sobras sabemos que en realidad no es más que un enorme pedrusco desértico cubierto de tierra y arena, sin más. Con temperaturas gélidad de noche y tórridas de día, cuando toca el sol. ¡Si por no poder, allí no se puede ni respirar! Sintiéndolo mucho, las historias de selenitas son ficción, por muchas ganas que algunos tienen de que sean de verdad.

Sí, antes ya hemos hablado de la carencia de una atmósfera que...

Si es que no hay nada que respirar. ¿Cómo puedes rebatir esos argumentos científicos que te dicen que la vida es imposible allí?

Bueno, es fácil de argumentar que mediante la magia habría sido posible... pero eso sería si existiera o si hubiera existido, claro

Esas historias son muy divertidas, y a mí me encantaba oírlas de niño. Todos los cuentos sobre selenitas, lunáticos, luneros... se les ha llamado de muchas formas a través de los tiempos, y realmente debo decir que he disfrutado leyendo esas historias. Pero científicamente no se sostienen por ningún lado las teorías de que subieron y sobrevivieron allí mediante la magia, diga lo que diga la fantasía de la gente y las creencias infundadas sobre que antiguamente..

Sí, eso iba a decirle: hay quien le podría rebatir el argumento por el simple hecho de que diversas fuentes de documentos históricos, muchos de ellos redactados por las clases dominantes, hablan de usar la magia como si fuese algo real. Y de hecho hay documentos que narran cómo se conquistó tal ciudad o tal país mediante el uso de...

Es una manera de hablar. Lo más probable es que estén diciéndolo de forma figurada, igualando magia con la simple noción de poder. No hay que olvidar que las formas de hablar y el significado de las palabras cambian de una época a otra.

Pero en este sentido la verdad es que han pasado siglos y siglos hablándose de magia como si...

— Claro, hasta que la ciencia hizo su aparición. Antes no podían confiar en nada así, pero bien se debieron de haber aferrado a algo. Además, la práctica de la magia siempre ha ido de la mano de creencias religiosas en la actualidad, y puede que para los antiguos la magia fuese una creencia más. Pero hoy en día ya prácticamente nadie piensa que los dioses existan, y al igual que ocurre con ellos, nadie ha podido probar científicamente que exista algo a lo que podamos llamar magia.

— Bueno, esto ha sido todo por hoy. Muchas gracias por concedernos parte de su tiempo, doctor Doro.

— Un placer.